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Maximiliano y Carlota. Egon Caesar Conte Corti.

(La entrada inicial y reseña a este libro es esta única entrada)

Mexicanos, Maximiliano I Emperador de México a muerto.
Lo anterior fue uno de los pensamientos que pasaron por mi cabeza poco antes de terminar la lectura. Y es que supongo que aunque los primeros conocimientos que tuve del emperador vienen de los estudios básicos, la admiración por ambos imperios mexicanos, a diferencia de como insiste Paco Ignacio Taibo II reiteradamente, no nació en mí por la parafernalia de lo que representa un reino absolutista; elegancia, dispendio, bailes, la alta sociedad elitista.
Para mí el gobierno absolutista sí tiene cierto atractivo, pero en su manera de gobernar. Un medio que tanto necesitaba México en el siglo XVII, y que tristemente a veces pienso que sigue necesitando hoy.
Tuve la noción en la escuela. La versión romántica de la mano de Fernando Del PasoUn par de visiones que considero algo neutrales por parte de Zunzunegui. Una postura fuerte por parte de Taibo II y sus colegas la cual me lleva a la siguiente lectura. Encontrar un libro que comienza en su contraportada con “…donde por primera vez se incorpora a la ya importante bibliografía del asunto la documentación secreta de ciertos archivos europeos, y singularmente la que dejó el propio Maximiliano”: presentó un deseo irresistible al poder tener acceso a sus cartas y demás documentos para así entender mejor al personaje. Ya visto desde diferentes perspectivas, tocaba dejarlo a él defenderse.

Conte Corti deja un libro sencillo, recopila cientos de documentos, los organiza e intenta dar coherencia a la historia que comenzó cuando un mexicano le susurro al oído de la Emperatriz Eugenia el nombre de México. Desde ahí, apoyado en un montón de archivos que podemos consultar en las últimas cien páginas del libro, reseña los acontecimientos, sobre todo los involucrados dejan expresadas sus motivaciones personales de la forma más directa; su correspondencia. Incluso aquella que cruzan con diferentes personajes pero tratando un mismo tema.

Intentando llevar una narrativa sencilla, dejando que los documentos sean quienes tomen la escena principal, las palabras de Conte se limitan a darnos contexto histórico-geográfico-político-militar logrando (de muy buena manera) que sea el lector quien tome postura. Algo que hasta el momento no había tenido la oportunidad de disfrutar.
La lectura me recordó mucho a las pocas biografías de personajes históricos que he leído; hechos, hechos, hechos, intentando dejar posturas de lado. Para una persona como yo, que desde hace tiempo tiendo a tomar posturas centrales (me he hecho demasiado empático y soy capaz de ver ambos puntos para valorarlos en su justa dimensión, sin embargo siempre termino compartiendo ambas opiniones y decantándome por el centro) este tipo de lecturas me ayudan a compaginar todo lo que he leído respecto a un tema, así sea muy tendencioso, en la mítica búsqueda de mi opinión personal. Claro, fundamentada en las más variadas posturas, muchas veces antagonistas entre ellas. Eso a mí parecer, fortalece mi postura personal. De ahí el gran valor que tengo ante estas lecturas.

En lo anterior explico superficialmente la narrativa, lo que da espacio al tema principal: los emperadores.
Antes de leer este ejemplar tenía a Maximiliano en buena estima, las reformas que intentó implantar, su manera de hacer gobierno, las ideas nacidas a raíz de las revoluciones en Europa contra los monarcas y la libertad del individuo, se fundieron en Maximiliano, y México le presentó el terreno fértil para una utopía que sabía sería difícil de implantar en el viejo mundo y sus más viejas tradiciones arraigadas, pero América, era la oportunidad perfecta.
Claro, oportunidad perfecta pues antes de salir de Europa fue despojado de toda herencia, lo que al más puro estilo de otro viejo europeo como Hernán Cortés le obligó a quemar sus naves y dar todo en esa nueva empresa.

Maximiliano había motivado mi necesidad de visitar la ciudad de Querétaro, de ir al cerro de las campanas para presentar mis respetos al Segundo Emperador de México en el lugar en que fue fusilado. Un viaje pendiente aún.
Después de leer este libro… mi visión particular de Maximiliano ha decaído un poco. Fue un monarca que no entendió en que se metía. Nunca comprendió al México convulso que luchaba contra él. Su entrega apasionada por un paisaje nunca visto en Europa lo convirtió en Mexicano y solo al final conmovió y logró la pasión por su monarca en muchos mexicanos.
Fue un pendejo, pero hay de pendejos a pendejos. No fue un monarca de su tiempo ni su geografía, vivió adelantando y con esta y otras lecturas al respecto lo podemos comprobar. Lo cual le brinda nuestro respeto.
Pero sobre todo, nos guste o no (sigue habiendo mucha división en cuanto a su figura), formó parte de nuestra historia, un periodo histórico caótico del que terminó siendo víctima. Y no por ello, ni por la sangre derramada atribuible a él, podemos desacreditarlo o incluso pretender olvidarle y borrarle de la historia nacional. Sería algo absurdo, una aberración a nosotros mismos. A nuestro pasado.

Me decanto por estudiarlo. Escuchar diferentes voces. De ser posible juzgarlo bajo óptica propia, así sea apoyada en la de alguien más, pero no por ello, solo porque alguien lo dice.
Debemos aprender a tener opinión individual, fundamentarla y defenderla cuando es preciso.
Por ello agradezco que Maximiliano escribiera tanto, que tuviera la visión de guardar y embarcar todo, solo así podríamos juzgarle en su justa medida. En ello va también el agradecimiento a Egon Caesar Conte Corti por su excelente trabajo y dedicación.

Maximiliano… fue un iluso… un soñador… tenía las mejores intenciones, algunas buenas ideas, pero carecía de la fuerza para aplicarlas. Confió en la palabra y el dialogo para un pueblo que solo entendía con fuego y furia.

No fue buena idea que viniera a México. Aunque era necesario para las monarquías europeas que vislumbraban su decadencia ante la sombra de unos Estados Unidos de América que comenzaban a mostrar una fuerza colosal. Sí, era necesario alguien que los frenara, un dique que los detuviera ante l resto de América, era necesaria una monarquía en México bajo ese contexto. Pero la mente de Maximiliano no era la correcta para sostener una corona tan convulsa. Se requería un puño de hierro, alguien que, como siempre ha quedado demostrado, con fuerza contenga todas las energías que luchan entre ellas en una revolución. Díaz, Napoleón, Fidel, Stalin, Bismarck incluso Washington, fueron esos personajes que lo entendieron, y no temieron derramar sangre para la unidad.
A Maximiliano le quedó grande el país.

Como ya lo hice con Iturbide y Cortés, incluso con Madero y Cárdenas, de los que sospecho no estaban ahí, también quiero ir al lugar donde murió Maximiliano, presentar mis respetos, agradecer lo que intentó hacer, maltratarlo un poco por sus errores, pero sobre todo, demostrar que estoy en paz con él y con la historia de México, de la cual aprendo y me afianzo para buscar un mejor futuro.

 

Esta imagen, con la que cierro la entrada, me gusta tanto pues a mi parecer representa perfectamente lo que se piensa en la nación mexicana sobre la figura de Maximiliano: Algunos arrodillados ante él. El Mexicano orgulloso. Y algunos que lamentamos lo que pasó.

 

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