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Fin. Arrancad las semillas, fusilad a los niños.

Arrancad las semillas, fusilad a los niños(Los comentarios iniciales los puedes encontrar aquí)

Un libro que decidí adquirir por las similitudes que manejaba con El señor de las moscas; un grupo de niños abandonados a su suerte, lo que los lleva a organizarse por cuenta propia para sobrevivir. Sirviendo esto como excusa para poder dibujar a nuestra sociedad, alguna sociedad utópica/distópica, o un simple ejercicio para demostrar que el hombre es bueno/malo por naturaleza. Para ello ¿qué mejor que un grupo de niños que no han sido dañados por los “errores” del hombre?
Sí, creí que sería un gran libro. Tenía todo el potencial para serlo.

La historia nos narra un Japón sumido en la guerra. Una guerra que está cerca de su final y lo saben por los constantes bombardeos sobre su territorio, lo que obliga a la población a movilizarse a zonas apartadas. Un grupo de jóvenes dentro de un reformatorio viven cada vez más cerca la violencia del conflicto, pero su posible salvación se retrasa por el desapego de sus familiares quienes, ignorando las cartas enviadas, no se presenta para llevarlos con ellos. “Algo muy malo habrán hecho para estar ahí y que los familiares no quieran ir en su ayuda” fue los primero que pasó por mi cabeza, sin embargo al leer como uno de los padres se presentó, y dejó a otro de sus hijos porque no podía seguir con él, me hizo pensar que quizá otro sea el motivo.

En un pueblo tan entregado a la disciplina y obediencia ciega como lo es el Japón de la segunda guerra, no me sorprendería que la población apenas tenga recursos para subsistir, mucho menos para movilizarse y mantenerse en otro lugar; el ejercito es primero. Si sumamos a ello las interesantes tradiciones de “honor y respeto”, es posible comprendamos que, añadido a la falta de recursos, la deshonra familiar son suficientes razones como para esperar que tenga ellos mejor fortuna que la que les depara a la propia familia.

La institución se ve obligada a llevarlos a un pueblo en las montañas. Ser dejados bajo resguardo de los pobladores, para después repetir el viaje las veces sea necesario pues es imposible movilizar al total de los chicos en el reformatorio en un solo viaje.
Es a la llegada de los chicos donde esperaba encontrar los temas importantes a analizar, y no las simples anécdotas relatadas hasta el momento.

Una epidemia desconocida está aniquilando a los animales y se teme por la población. Por ello, el herrero de pueblo, toma al grupo de jóvenes y los conduce a un lugar donde se apilan el grupo de animales muertos y les ordena comiencen a cavar para darles sepultura.
Luego de ese trabajo son recluidos en un antiguo templo donde son malamente alimentados por parte de la población para luego ser encerrados hasta el día siguiente.

La población temerosa decide hacer lo que la “tradición” manda, lo que por cientos de años ha funcionado a lo largo de las diversas epidemias que los han asolado. Mudarse al pueblo vecino y esperar que desaparezca la epidemia, así como ellos, los vecinos lo han hecho y han sido acogidos por el ahora pueblo afectado.

“¡Y comienza la aventura! ¡Un pueblo “abandonado”, un grupo de chicos, el entorno ideal para plantear algo, veamos que nos quiere decir este japones!”
Esos eran mis pensamientos.

Y aquí quiero hacer un gran paréntesis. Soy un fanático de la historia. Y creo fervientemente que, quien no aprende de la historia está condenado a repetirla. Me parece que por eso quiero aprender tanto de la historia como me sea posible; algo dentro de mí me dice que en algún momento lo voy a necesitar… ¿para qué? Todavía no tengo la menor idea, pero no desprecio ningún tipo de conocimiento, así que, ha aprender.
Por todo ese largo párrafo es que me gustó tanto El señor de las moscas, encontré en él un buen ejercicio de como se forja un sociedad, un experimento tal que puede dejar en claro (o al menos tratar) que el hombre es bueno o malo por naturaleza. La grandeza del libro es que cada lector puede definir al “hombre”, ya sea bueno o malo. Pero sobre todo, como se va, desde sus comienzo, “madurando” una nueva sociedad para lograr alcanzar su punto mal álgido… o la destrucción.
En Arrancad las semillas, fusilad a los niños quería leer algo similar pero con otra visión, una visión oriental. Venida de una sociedad y cultura muy opuesta a la nuestra y de la que tanto tenemos que aprender. Me parece que con eso lograría un enfoque global desde los dos puntos de vista mundiales; oriente y occidente. Sí, generalizo demasiado, pero tengamos en cuenta que esto es un comienzo para después ir desfragmentando debidamente.

Volviendo al libro. ¡Los niños salen y comienzan a hacer su desmadre!
No quiero adentrarme más en la narración pues sería contarles el libro y, bajo el riesgo de cometer un spoiler, les estaría contando todo el libro y perdería el significado el blog; promover la lectura.

Pero creo puedo dar algunos puntos de vista sin entrar en conflicto con lo anterior.
Los niños logran una “sociedad” idílica donde no hay lideres pues no son necesarios, todos hacen lo que quieren y generalmente esto va en pro de la sociedad. Cuando algo es demasiado complicado o nuevo, surgen, sin apenas darse cuenta, pensamientos o posturas a seguir por parte de sus mismos miembros, sin que esto signifique dejar fijo a un líder, tan solo es seguir una buena idea a su feliz termino.

Incluso logran ser “incluyentes” luego de que, como ha sido siempre, el choque violento terminé en un entendimiento y descubrimiento de ser iguales, así sean de otra nación, otra “clase”, de otro pueblo o, incluso, de otra edad muy diferente a la de ellos (hay un desertor militar escondido en las cercanías del poblado).

En su nuevo intento de sociedad van aceptado lo viejo o las antiguas “tradiciones” como suyas, además de necesarias para mantener todo en orden para el futuro regreso de los pobladores: entierros de sus muertos y festivales que garanticen una caza satisfactoria.

Fuera de eso ¡no aportan nada! Siguen siendo solo anécdotas de situaciones a las que se enfrenta y solucionan de manera un tanto infantil. Es decir, no toman un paso adelante, aunque sea de manera inconsciente como en El señor de las moscas para mejorar o cambiar lo establecido. Se limitan a vivir, a sobrevivir.
Lo que en un principio me molesto y me hizo pensar que el libro era vacío en contenido relevante.
El cambio… si es que surgió, aún lo sigo debatiendo internamente… se presentó al regreso de los pobladores que ven su pueblo invadido, descuidado y saqueado por esos pequeños monstruos despreciables que… ¿acaso no murieron por la epidemia?

La furia con que son tratados se ve contrastada con la mano suave que se les ofrece poco después. Pero hay truco: ya viene el segundo “regimiento” de chicos como ellos y deben de decir que ahí no pasó nada, no hay epidemia, no han dejado el pueblo y ellos han sido tratados perfectamente bien. Para reforzar la petición, el olor a comida, buena comida, comienza a llegar hasta ellos desde fuera. Tan solo tienen que aceptar no decir nada y podrán salir a alimentarse como reyes, como no lo pudieron hacer incluso cuando tuvieron dominio sobre ese lugar.

Entonces ¿son los mayores, somos nosotros como sociedad quienes nos vemos reflejados en ese espejo? ¿Son intereses monetarios lo que mueve al pueblo a abandonar a los niños para después obligarlos a mentir y así recibir más? ¿La epidemia realmente existía? ¿El desprecio de una sociedad abandonada, cansada de una guerra que ya se ve cercano su final, y la cual saben perderán, es lo que hace sacar en ellos lo peor de a humanidad misma contra las nuevas semillas de lo que será el futuro?

La motivación de los adultos no queda del todo clara. Lo que me obliga a seguir repasando el libro mentalmente, y que, bajo mi consideración lo hacen un buen libro. ¡Pero no! No me gustó porque esperaba algo como El señor de las moscas, y es posible que desde ese enfoque me acercara mal al libro. Pues, pienso en el sacrificio/desprecio/dolor que debieron padecer los familiares al no ir en su búsqueda cuando se les notificó el desalojo. Considero también la crueldad de los nuevos habitantes que, asustados o no por la “epidemia”, son capaces de abandonarlos a su suerte para que, al regresar, sean castigados por ser ellos; un grupo de chicos abandonados en un pueblo en el que intentan sobrevivir. Y el shock final “alimentaos bien y decid que aquí no pasa nada” ¡wtf! ¿A que chingaos estamos jugando?

Me parece que Kenzaburo pone aquí a los niños como las “semillas” de un futuro destruido por la guerra. Lo inmaculado que se abre camino sobre un campo desolado y que busca su propio camino, siguiendo la tierra ya arada antes de ellos. ¿Somos nosotros, el pelotón de fusilamiento la verdadera epide… ¡ah chinga! Estoy escribiendo por primera vez esta nota y acabo de descubrir un pensamiento interesante…
Somos lo que cosechamos; somo el desprecio al extranjero, el odio al vecino, la ira desgastada de una guerra que no se puede sostener y, quizá, tan solo quizá, solo buscamos sobrevivir a costa de esos pequeños que… por algo están así, por algo merecen ser sesgados para nosotros seguir viviendo, sobreviviendo. Sin considerar apenas, el mundo esta cansado, que sin semilla, sin niños, no hay futuro.

Me ha gustado. No el libro, no el mensaje, ¡lo que acabo de descubrir! Bueno, igual y el mensaje también. Pero la lectura me parece un poco cansada, es anécdota sobre anécdota sin, al parecer, nada relevante, solo narrando hasta llegar a un final que, si le buscamos bien, nos puede dejar pensando bastante tiempo.

No. No es un mal libro. Sí, está mejor El señor de las moscas pero aquí se plantean otra cosas… tal vez igual de dolorosas. Somos un asco.

 

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