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“Ella” Enrique Espejo Aguila.

Escribir

Ayer, un completo extraño… aunque eso dependería de la correcta definición del término… bueno el caso es que alguien que solo conozco de manera virtual realizó un par de comentarios positivos sobre mi trabajo escribiendo y, como es tradición entre nosotros, también me dejó tarea: ahora comenzar a leer poesía, agregando algunos autores y trabajos que van acorde conmigo.

Siendo sinceros, me hizo el día. Siempre he tenido (y creo tendré) un problema de seguridad con mis trabajos y, mi autoestima no ayuda mucho al hacerme creer que lo que hago no vale la pena. Aunque personas cercanas a mí hagan comentarios prometedores, les resto valor pues, son personas cercanas a mí, debería entenderse que deberían hacer esos comentarios, o tal vez la pauta sea hacer comentarios negativos para mejorar, o quizá sí son buenos trabajo… y así es comienza el gran debacle del pensamiento, con todos esos errores pues a propósito, les he plasmado un pequeño trozo de mí.
Me debato en inseguridades y, en el hartazgo, busco perderme, apagar el cerebro y dejar de hacer eso. Así se explican mis largos lapsos de poca productividad.

Respecto a cómo escribir tengo 3 grandes referentes: Dostoievski, Bukowski, King.
El primero me legó las mañanas intoxicado con café (incluso días enteros de solo beber café) para tener ideas interesantes y crueles sobre las que escribir. Una manera suave y relajada de hacerlo pero con rabia y fuerza.
Con el “borracho” aprendí a hacerlo desde las entrañas, viviendo la escritura y haciéndola cuando surja, cuando nace de esa necesidad inexplicable que solo se vence con la palabra escrita. Escribiéndonos, plasmándonos.
Del “prolífico” estoy aprendiendo a hacerlo. Así tal cual, sentarme, escribir y escribir, no esperar a la inspiración, para que cuando llegue nos encuentre trabajando. Solo así podremos escribir.

dostoievski Bukowski King

 

Me cuesta mucho trabajo el último, obligarme a escribir. Cuando el estado de ánimo no es el ideal, cuando ando de “capa caída”, como últimamente estoy, pues, las ideas no salen, y cuando llegan a aparecer son vacías y no muy interesantes.
Además, escribir no es algo que pueda apreciar a lo lejos en un solo conjunto (para así saber si voy por buen camino), como una pintura, escultura o quizá un edificio. Es desentrañar, sumergirte e ir gozando página a página. No saber si lo que hago está bien o quedarme con la impresión de que sale forzado, desanima mucho, me da una visión general de basura.

Hacerlo como “borracho”… ahora que lo recuerdo, y siendo literales; escribir borracho o embriagado por la furia o un sentimiento fuerte, es mi mejor manera, salen las mejores ideas aunque al momento de plasmarlas sea horrorosas, requieren pulirse, trabajarse, luego de un par de horas, después de dejar descansar el trabajo unos días, quedan cosas de verdad interesantes.

Lo complicado es conseguir el equilibrio, en la vida y en todo lo que hacemos. Ayer renació eso en mí, por el simple hecho de recibir “flores” de un completo extraño pero, más importante aún, por haber tenido una plática inteligente, algo que me hacía falta y poco puedo conseguir en mi entorno. De nuevo, muchas gracias.

 

Por todo lo anterior, en la lucha de conseguir el equilibrio y ponerme a trabajar es que comencé el siguiente texto. Algo que tengo ganas de hacer, la fuerte rabia de hacerlo y obligándome a sentarme y hacerlo. Nada rebuscado, sin mensaje alguno, con muchos guiños propios y significados personales, poniendo los sentimientos a mi servicio y tratando de hacerlo. Soltando a la rabia y el trabajo a estar unidos y generar creación.
Así nació Ella.

 

 

 

ELLA

Ella

-¡Ronca!
Se le escapó, un poco atragantado por el humo del cigarro que apenas comenzaba a despedir sin esfuerzo.

Giró el torso y observó. Disfrutaba de la vista y, cuando el humo del cigarro comenzó a atacar sus ojos, lo tomó y aplastó con suavidad en el cenicero sobre la única mesa del lugar.
La luz exterior penetraba fuerte por el gran ventanal, lo iluminaba a él pero, moría al llegar a la cama. Como resultado, el cuerpo apenas cubierto por las sábanas era dulcificado por la luz que pareciera no se atreve a tocarla. Por el precio de cada caricia podía entenderlo, él no se atrevió al inicio.

La escena le resultaba demasiado bella. Bebió. El tequila añejo se deslizó por su garganta sin efecto negativo alguno. Llevaba años sin comprar esa botella, muchos años de pobreza que no le permitían el lujo.

Cansado, luchando por no dormir, ni caer bajo los efectos del alcohol, solo sonreía. Ceder a Morfeo era perder el tiempo, y esa noche, toda la noche, debía gozar. Aquí la fiesta se había acabado.
El pensamiento lo mortificó. ¿Tan pocas ideas había tenido? Llegó buscando lo extraordinario, las mayores perversiones y se descubrió presa de lo convencional, quizá la tercera… ¿o fue la cuarta vez? Ese intencional y satisfactorio intento por perdurar una eternidad y caer rendido a sus pies, sudando, temblando, gozando como… ¿cómo nunca lo había hecho?
Siempre es diferente. Siempre lo será. Pero aquí…
Dejó el pensamiento en el limbo, permitió el control a la vista y se deleitó con una habitación desarreglada; un jacuzzi todavía funcionando, velas desgastadas, fruta, chocolate, ropa y… saltó la mirada, aún le avergonzaba la visión de ciertas cosas.

Con una fuerte aspiración encendió otro cigarro. Se sentía satisfecho. El cigarro no ayudaba, no en él, no como lo indica el cliché, pero le gustaba forzar la sensación. Cuando no funcionaba, el tequila entraba al rescate.

La mesa vibró y una luz rompió la ambientación.
“Voy con una amiga ¿no hay problema?”
Fue como contestó el mensaje y se levantó a orinar. “Aquí se termina la noche” pensó en lo que le pareció un lapso enorme de satisfacción corporal.
Accionó el baño y la vio al darse vuelta, de pie, con la luz iluminando su contorno, se perdía en su mirada maligna, esa que lo atrapó.
-¿Nos bañamos juntos antes de dormir? Lo necesito y tú… puede que lo disfrutes también.
-Un minuto.

Se deslizó junto a ella. Reconoció, una vez más, sus magníficos senos con la mano izquierda y la besó en la nuca, el contacto con sus nalgas frías lo volvió a excitar. Se sorprendió.

Revisó la respuesta a su mensaje. Fue positiva, la noche sigue.

En el quicio de la puerta estaba… se adelantó a su instinto y reordenó el pensamiento… no, no la mujer de su vida, pensaba en; la mujer del momento. Evitaba las comparaciones pues sabía ella ganaría con amplia ventaja, era una competencia injusta; fingía, hizo y hacía todo lo que él pudo desear o imaginar. Había válido cada billete.

-Prepara la regadera. Una vez más, una como la última, –aunque lo evitó, lo dijo con un leve tono a suplica- Después nos vamos de aquí, a 30 minutos de aquí están unos amigos, la noche es larga linda.

Cambió la postura, se plantó firme sobre sus pies, solo pudo ver el delicioso salto de sus pechos con ese movimiento.
El rostro iluminado era neutro, buscaba algún rasgo en la mandíbula, tal vez demasiada presión, nada. Se obligó y buscó en sus ojos, justo en el momento en que ella se acercaba hacía él, la mirada malvada. Fría, ¿furiosa? No tenía por qué pero… lo asustaba, algo le decía la dejara ir, se despidiera por tan deliciosa noche y comenzará a grabarlo en el recuerdo pero, pero… era otro, debía de serlo, lo había decidido y, a final de todo posible razonamiento, por eso había pagado.
¡Se quedaba hasta que él lo decidiera! En su mente eso escuchaba muy fuerte.

Frente a él, le estranguló la garganta, la cerró y le impidió articular palabra, tan solo con mirarlo.
Le dio un largo beso húmedo, su lengua se perdió dentro y él, se dejó atrapar.

-Media hora de baño, me cambio rápido y en el camino me arreglo. Ven papi, esto te va a encantar.

 

 

El lugar estaba comenzando a llenarse, tenían dos mesas reunidas y esperaban, vacíos, dos lugares reservados, peleados a los nuevos clientes que se acercaban a preguntar si eran sillas libres. El sonido no era ensordecedor, lo habían perdido en el cerrado círculo con la plática de viejos recuerdos y chistes ocasionales. Ese lugar, esas mesas, eran su bar, su lugar, solo invadido cuando se requerían nuevas bebidas.

El silbido rompió el silencio, no solo dentro del pequeño grupo, comenzó ahí, pero avanzó por el callado bar. Atravesó miradas amplias, brazos detenidos con la bebida a medio camino, los labios: algunos en forma circular, la mayoría con una sonrisa coqueta. Ese pequeño mundo se congeló con la chica que atravesaba el bar, motivo del silbido y los pensamientos más perversos jamás nacidos en ese lugar.

Lo sabía. Se sabía el motivo de todo ello y lo disfrutaba, cada repique de sus tacones era un golpe de electricidad en el ego. Todos la deseaban y bastaría una mirada atrevida al tipo correcto (al más incorrecto) para desatar el infierno ahí. Recordó la primera vez que lo hizo y se estremeció.
Se sentó, sin preguntar, cruzó las piernas y sonrió. Nadie se atrevía a hablar.

Acertó. Nadie lo vio llegar, a 5 pasos de ella. Puso sus manos sobre sus hombros, una leve presión la hizo levantar el rostro y recibir un beso que pretendió ser como los tantos que ella había otorgado esa noche. No le disgustó del todo, él lo gozó y el resto de los ahí reunidos lo sufrió, les había arrancado algo que ahora sabían no tendrían. Mató la fantasía pero no el deseo. Muchos salieron del lugar a buscar… otros ambientes.

-Señores. –Sentado, disfrutaba con la mirada atónita de todos.

Fuera de la inesperada entrada, que todos los amigos consideraban espectacular, nada sobresalió en la plática, si acaso es de considerar el momento en que ella tuvo que levantarse e ir al baño. Los cuestionamientos llegaron en tropel; la risa, intentar mantener el secreto y las burlas con alguna mentira ingeniosa fueron las pocas respuestas vertidas antes de su regreso, después, todos siguieron conversando de cosas sin sentido.

Lo extraordinario perdió el encanto para decaer en el simple ordinario de la vida, una pizca de lo que le esperaba. También quería vivirlo, adelantarse, sentir que el desapego, el regreso a la realidad, no sería tan doloroso.
A esas alturas, con muchas copas encima, el cansancio pasando factura y una tímida sensación de deseo aflorando en su interior, reconsideraba las decisiones tomadas. Se arrepentía. Tal vez hubiera sido mejor terminar la noche en algún otro motel. Despedirse, llamar un taxi y quedarse a dormir… hasta que le llamaran para que desalojara el lugar. Hubiera sido divertido.

Se extrajo de esos pensamientos observando su reloj: 5 de la mañana.

-Es momento de irnos. –le dijo al acercarse.
-Muy bien, dame un minuto para prepararme para ti y nos vamos a provechar el tiempo.

Sonrió. Comenzaba a cautivarlo. La esclavitud tiene cierto encanto. Esclavitud es no cobrar por ello. Se obligó a recordar. Un atisbo de carcajada salió de él y bajo la mirada, cansado.

-No –se juntaban en plácido secreto, entrelazaban las manos y los susurros morían con ellos.- ha sido maravilloso, no hay necesidad de más. Fue el dinero mejor invertido en mi vida.

-Tú no piensas eso. La soberbia no se te da. ¿Fingir? Eso déjamelo a mí, puedo recrear el mundo que me pidas pero tú… eres raro… diferente… pero tú pagas, quedan 3 horas ¿seguro quieres desperdiciarlas?

-Claro, no hay problema.

En el mismo tono de complicidad se acercó y lo besó en la mejilla. Su mano rebuscaba en su bolso y él fue testigo del extraño aparato, tan solo lo abrió y presionó un botón antes de regresar al bolso de donde salió.

-Media hora. ¿Me invitas un último caballito?

Lo último fue dicho con fuerza consciente para romper la burbuja de intimidad, llegó a oídos de los reunidos en la mesa y las protestas comenzaron.
Lamentaba tener que dejarlos, eran chicos muy agradables pero ya era demasiado tarde para una chica como ella. Sin embargo, no quería privarlos de su amistad, su plática y convivencia, diciéndolo mientras lo abrazaba cariñosamente. Ella, como buena chica, se iba en taxi y se comunicaba con él en cuanto estuviera en casa. Así nosotros, caballeros encantadores (sí, esas fueron sus palabras exactas) podrían seguir divirtiéndose. Ella lo esperaría y, si era ya muy tarde… de mañana, podrían desayunar juntos.
Jugaba la fantasía hasta el final. Solo podía pensar en lo bien que había invertido su dinero.

Brindó con y por ellos con el caballito recién colocado ante ella, adquirido de manera diligente por los meseros del lugar, y se marchó. Dejando una estela de ojos suplicantes luchando contra los efectos del alcohol, en batalla por enfocar a tan hermosa figura que, entre la niebla de las bebidas tóxicas, simulaba un ángel. Él se quedó saboreando su labial, aquel que se había colocado antes de marcharse, ese que encantaba por última vez y te dejaba con ganas de más. Ese labial que lo drogó.

Después de ella… volvió a la realidad, las preguntas absurdas y obscenas de los amigos, la lucha por callar y no decir todo lo que moría por contar… aquello donde creyó morir y ahora, a la distancia, cree lo hizo, por breves momentos.
Lucharon por poco tiempo, la plática se fue disuadiendo y el sueño los acalló. Pidieron la cuenta y ellos pagaron, se disculpó, no tenía más dinero. Entre risas lo entendieron y, por primera vez, que él recuerde, ellos pagaron una cuenta.

 

Enrique Espejo Aguila “Esagui”

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