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Cantinero. Primera parte.

Una historia que llevaba pensando desde hace días. En un viaje un tanto largo e inservible donde tuve que estar pegado al volante unas 3 horas, di repaso a muchas nuevas y viejas canciones, entre ellas una que siempre intento recordar cuando mi tío toma la guitarra y en ese momento nunca puedo dar bien con la letra. Por eso, cada que la escucho, la repaso y la intento grabar en mi memoria, espero esta vez tenga éxito.
Una historia un tanto divertida y medio lúgubre que me dio pauta a más, no, mejor dicho quise imponerle una extensión mayor a manera de ejercicio y obligación a escribir y ejercitar la imaginación.

No sé a donde me lleve, no se que tantas entregas me tome pero trataré de llegar al final de la canción, todo sea por escribir y ejercitar eso de lo que algún día me gustaría vivir.
Aquí tienen la primera parte de “Cantinero”.

CANTINERO

 

Daniel lavaba con fuerza los últimos vasos colocados. Cumplía apenas un mes en la ciudad y dos semanas en ese trabajo y ya lo odiaba. Días atrás se limitaba a pasar por agua los vasos, si acaso uno entre 5 era tallado con la esponja, tan solo lo suficiente que generar espuma con el jabón y simular su arduo trabajo.
Los malditos borrachos del lugar lo había delatado dos días atrás “estos vasos huelen a mierda. ¿Qué clase de corrientada nos da a beber José?”
José, el cantinero, su jefe, salió de la barra, tomó el vaso y lo olió. Sí, la cerveza era un asco, el tequila era adulterado pero ninguno debería apestar así. Abrió una nueva caja de cristalería, le ordeno cambiarlos por los ya repartidos y, para mantener la fiesta en paz, añadió una ronda de bebidas a todas las mesas.

-Me haz costado caro y tendrás que pagar. ¡Al fondo, a lavar bien todo tu desmadre!- le gritó José apenas terminó de intercambiar el ultimo vaso.
Suponía merecía lo sacaran a patadas del lugar, no sabía si lo hizo por esos motivos, había repetido tantas veces su valiente historia de rebeldía contra José que se estaba creyendo su versión.

Las consecuencias hubieran sido mucho mayores, nadie se atrevía a insultar a José “el cantinero” pues corrían el riesgo de, como muchos antes que él, terminar en la cuneta de la carretera que sale del pueblo. Algunos deudores, otros listillos, la mayoría borrachos que no sabían guardar la compostura eran los encontrados ahí, durmiendo el sueño de los justos.
Como todos en el pueblo, José también debía favores. Aunque su trabajo era sagrado, él era el único que compartía esa idea. Se metieron con él, ¡lo metieron a él! ¡Carajo! No podía lanzarlo a la calle, no había nada mejor en el pueblo pero ya había movido los engranes de los muchos favores que le debían en el pueblo vecino, esperaba encontrar a alguien que lo hiciera trabajar menos y le pagara mejor, así tuviera él que poner parte del sueldo.

La cantina estaba cerrada, era domingo por la mañana, el mejor día de toda la semana. Había comprobado desde sus primeros años que, un buen tequila y una tarde por delante eran el mejor remedio para las horas perdidas en la iglesia. Como todo pueblo, la iglesia local  le competía a la cantina en concurrencia todos los domingos. Era innegable, por la mañana el puesto era de el Señor pero por la tarde él era el Señor, no se diga en temporada de baseball en la cual lograba reunir a más feligreses que “la competencia”, incluso el propio sacerdote se daba sus vueltas de vez en cuando pero, ese era otro negocio.

La cantina disfrutaba de un ambiente nostálgico; el olor a tierra mojada (José acababa de limpiar el suelo) se mezclaba con la música de hace 50 años. José no la vivió entre las copas como suponía lo habían hecho el trío de ancianos, únicos clientes del lugar a esas horas, pero las tenía clavada en su memoria; eran las canciones de su abuelo, cantadas al rasgar la guitarra esperando la salida de las estrellas.
Todas las tardes, después de comer, le narraba en forma de canciones las historias de la revolución y, si alguna de esas historias llegaba a sus ojos en forma de lágrimas, las asesinaba con un caballito de mezcal, dos si la herida era muy honda o recordaba un viejo amor.

Ninguno se parecía a su padre, pensó José mientras buscaba entre los reunidos un rostro familiar, algo que le recordara a su abuelo, algo que le dibujara a su padre. No lo había conocido y muy tarde entendió que las historias de su valor al irse a la bola no cuadraban con las pocas clases de historia que alguna vez tuvo. Escapó o el abuelo siempre lo escondió. Tarde lo entendió, a la suficiente edad como para dejarlo ir y creer que se trataba de algo que era mejor no descubrir.
Confiaba en el abuelo pero, de vez en cuando, con la música de fondo y esos ancianos tomando su café matinal con alcohol, se ponía a reconsiderar su decisión.

“De todas formas nunca me hizo falta, el abuelo se partió el lomo para darme todo lo que necesitaba, incluso llegó a “quitarse el taco de la boca” (cómo decían en el pueblo) para que él no pasara penurias. Nunca pude pagarle, ahora que tenía todos los medios para regresarle un poco de lo que él había hecho… La muerte y el tiempo son una pareja cruel.”

Los ancianos se levantaron poco antes de la última campanada, ni siquiera el fuerte sonido logró sacar a José de sus pensamientos, fue necesaria la suave sacudida de uno de los viejos para regresarlo a la cantina.

–Hijo, ¿se te debe algo?-
-Nada señores… ¿estamos bien?- Le había ganado la nostalgia.
-Muy bien hijo, gracias, que Dios te lo pague, pediremos por ti.

Se marcharon sin importarles que ya iban tarde, la iglesia estaría llena y tendrían que esperar de pie, fuera del templo, pero tenían un agradable ardor en el estómago que les aligeraría la carga, además “siempre hay un alma caritativa que nos deja un lugar, estamos muy viejitos”. José les recordó decir.
Aún sonreía cuando el último se marchó y no pudo reprimir un –viejos cabrones- que lo divirtió más.

Desconectó la rocola y se limitó a observar el lugar. No había nada que recoger, nada que limpiar. Al parecer la vejez te da modales; la mesa y sillas estaban en perfecto orden y las tazas sobre la barra. “Si tan solo la juventud los tuviera” se sorprendió al pensar como ellos. Volvió a sonreír, sería la última sonrisa franca que se permitía en el día.

-¡Daniel, esas tazas! Y quiero los vasos secos en menos de 15 minutos, ah y si uno ¡tan solo uno, vuelve a oler como tus patas TE VAS A LA CHINGADA DE AQUÍ! ¿Entendido?-
-Sí, señor.-

Lo entendía, no era tonto ¿no era tonto, verdad? Pero el modo pausado, ese cansancio en la mirada al hacer todo, era lo que lo desesperaba, no parecía tomar nada en serio. Tenía que arreglar esa situación pronto.

Las divagaciones comenzaron a transformarse en furia, se escuchaba, en el fondo, música de corridos aumentando su volumen, se acercaba. No es que estuviera en contra de esa música en particular pero había quedado prohibida, relegada si así se quiere maquillar. Algún incauto, un estúpido se metería en problemas. Era domingo y eso empeoraba las cosas.

Los bajos resonaron, las pocas ventanas del lugar vibraban a la par que los tambores de la melodía que seguía escuchando con detenimiento, no la reconocía ¿se estaría haciendo viejo? El sonido aumento, ahora estático, pensó en un gran vehículo por el monstruoso ruido que hizo al llegar, una camioneta de mucho cilindraje se había detenido fuera del lugar. Esto no terminaría bien.
En segundo plano seguía pensando en la canción, creía conocerlas todas, desde los corridos de la revolución hasta la canción más estúpida del momento pasaban por esa cantina pero esa se escapaba a su repertorio mental “… una nueva droga… Michoacán… color azul y pura calidad…” silencio.

Junto a la canción, el sonido del motor había desaparecido, las ventanas dejaron de cimbrar y dieron paso a un silencio que se prolongaría, al menos para ese desdichado. Repasaba lo que había escuchado y estaba considerando darse por vencido. Se había ganado un boleto de salida, pocos eran los que podían llegar con una canción que no pudiera reconocer.

Las puertas se abrieron dejando entrar un baño de luz que lo cegó.
“Y este pendejo ¿quién se cree?” Pensó mientras mantenía la mirada fija donde suponía deberían estar sus ojos, estaba encandilado y no podía distinguir nada de esa mancha oscura que simula un hombre. Se acercó, con paso seguro y no a las mesas, hacía él. Las manos pegadas al cuerpo desaparecieron en la gran mancha que lo formaba, no distinguía dónde estaban esas manos y eso podía ser malo. Movió el rostro, lo suficiente para ver por el rabillo del ojo la distancia que lo separaba de la barra, de su arma. Era bastante. La figura seguía acercándose.

Se obligó a cerrar los ojos, fuerte, necesitaba recuperar la visión. Al abrirlos la figura estaba peligrosamente cerca, el brazo derecho extendido hacia él. Reaccionó.
Lanzó el brazo izquierdo contra la mano del sujeto. “Toma el arma, aléjala de ti y golpea” pensó.
Ambas manos se encontraron, palmas abiertas cerrándose en un entramado de dedos apresados entre las dos. Lo confundió, esperaba el frío metal. No pudo pensar más, el puño derecho volaba al rostro que todavía seguía sin identificar, en el suelo podría saber quién era.

-¡Hijo de tu re-pinche madre!-

Estaban atrapados, la mano izquierda de José sujetaba la mano derecha del contrario y su puño derecho estaba atrapado a la altura de la muñeca. Era hábil pensó antes de reparar en la voz, lo conocía.
Aún no podía distinguir detalles pero a esa distancia se sabía más corpulento que él, tal vez menos hábil pero así, atrapados, José tenía la ventaja. Le soltó la mano y tomándolo del pecho lo arrojó contra la barra, a contra luz, quería saber quién era el maldito desgraciado que terminaría muerto.

-Hijo de tu… jajajaja ¿qué chingados haces aquí cabrón? Te salvaste de la putiza de tu vida.

-De 5 solo ganaste una vez, y ya estás viejo.-

-Chinga tu madre- José recordaba esa única vez. No fue una pelea, no fue una victoria, fue una batalla de un solo golpe, uno último antes de no volverlo a ver… de pensar que no lo volvería a ver. –De saber que volverías te hubiera pegado más duro cabrón. ¿Qué chingados haces aquí?

-Te vine a ver cabrón, a tomar contigo, hay mucho que hablar. Saca la botella y ve sirviéndote 5 tequilas para que me emparejes.

Buscó a Daniel con la mirada, tantos años sin ver a Alfredo bien valían una buena botella de tequila pero, la emoción cedió ante la razón. Lo vio detrás de la barra, cobró sentido del lugar donde se encontraban, la manera en que Alfredo había llegado al pueblo, recordó como se había ido, porque lo había hecho y la razón de no volver. Todo agolpándose veloz en su pecho y su cabeza.

-Daniel, cierra todo, es Domingo, se acabó lo que se vendía. Y tú- se giró hacía Alfredo – se acabaron las bebidas, si vienes echando habladas vámonos a otra cantina.

Alfredo sonrió con desanimo, no le sorprendió que así se dieran las cosas pero esperaba, muy en el fondo, no fuera así. Resignado tomo del brazo a José y se fueron del lugar.
Daniel se quedó detrás de la barra unos minutos, mandaba un mensaje desde su celular “Se fue borracho el borracho del brazo del cantinero.”
Cerró y se marchó, indeciso; podría irse unos días a la playa, a su pueblo, no habría trabajo la próxima semana, aunque podría quedarse en el pueblo y abogar el control de la cantina.

 

Enrique Espejo Aguila “Esagui”

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