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“El camión”. Enrique Espejo Aguila.

Había dejado de escribir por razones que ni yo mismo comprendo. Lo extrañaba. Leer a King, la narración sencilla, la lectura fácil me recuerda lo mucho que me gusta y, algunas veces, me animo a recordar lo mucho que me gusta intentar escribir así. Viajar en autobús me a trastornado, son tantas las personas que “conozco”, muchas las historias que se narran en esos últimos chismes del día, contados sin el menor pudor que, era inevitable montarlos todos aquí con un esos tintes negros que tanto me gustan a mi. Y como siempre, aunque a veces lo abandone lo suficiente como para que la palabra pierda sentido, os pido sus comentarios, críticas, recomendaciones y opinión sobre lo aquí escrito, soy un remedo de escritor que pretende… creo ser simplemente eso, un remedo de escritor. Pero consciente del constante mejoramiento me atrevo a pedirles ayuda, espero contar con su apoyo.

CAMIÓN

Se dejó caer, pesadamente, en el último asiento libre del camión, había tenido suerte. Detrás de él venían un par de mujeres que tuvieron que iniciar el viaje de pie. Algo dentro de él le pedía se levantara y ofreciera el lugar pero, nadie había hecho el intento de hacerlo ¿por qué tendría que hacerlo él? Incluso ellas habían perdido toda esperanza, observaban por la ventana con mirada cansada, resignada. Aquí así eran las cosas. Dio un respiro y también se resignó, hoy no había sido un buen día.

Aunque la idea era no pensar, por más absurdo que esto fuera, no lo lograba. El pecho se inflaba en una sensación opresora, las lágrimas amenazaban de nuevo y comenzaba, otra vez, a pensar. El camión se sacudía. Las conversaciones lo saturaban. La noche ya cubría la región pero nunca es tarde para el chisme del día. Intentó descifrar palabras, seguir el hilo de alguna conversación, buscaba su nombre, parte de su historia, sabía que las risas eran para él, la burla caía sobre él.

…sí, el de la derecha… se separaron… yo hubiera hecho lo mismo… la cínica todavía lo busca…. Regresó a casa de sus padres… ¡a los dos, en la cama!

…los mató a tiros… le hubiera gustado escuchar. Abrió los ojos y buscó entre la gente alguna mirada acusadora, alguien contra quien volcar la violencia reprimida, la estupidez disfrazada en el “no supe que hacer”. Las conversaciones siguieron, problemas del trabajo, la mala educación de los jóvenes de hoy, el quehacer doméstico. Nadie se interesaba en él.

Solo tienes a tu familia. Se hizo recordar. Familia ya casada de tu regreso, se contestó. El muerto y el arrimado a los tres días apestan.

¿Qué más puedo hacer para no pensar? Un par de cervezas de golpe, esperar la somnolencia y así partir a la cama, dispuesto a no soñar. No debía olvidar beber un litro de agua para no sufrir las consecuencias de tan práctico remedio.

Pero ahí ¿cómo beber sin sufrir los ataques por malgastar el dinero? ¡Su dinero! Sí, todo lo debía. Según sus cálculos mentales tendría que trabajar año y medio, gastando lo mínimo posible, para poder pagar las deudas con dos instituciones financieras. Sin embargo, siempre está la manera de hacer alguna tranza por fuera y tener un dinero extra, ya sea para adelantar algún pago o, como hoy, poderse dar un lujo. Lo que anteriormente era un gusto se convirtió en un lujo poco accesible.

¿Y luego qué? ¿Llegar a descansar al pasillo? Fueron poco más de dos años lo que estuvo fuera de casa ¿seguía siendo su casa? La habitación fue ocupada, el ritmo de vida se adaptó a su ausencia y ahora él era el transgresor, vino a cambiarlo todo; aumento el gasto de la casa, sus leves y esporádicas aportaciones poco hacían para solucionar el déficit, el equilibrio había sido roto, ya se sentía los efectos.
Viviendo de la caridad, dormía en un catre colocado en el pasillo principal. Sin privacidad, con la vulnerabilidad expuesta, alteraba el orden al dormir; algunas veces detenían todo para dejarlo descansar y otras él sacrificaba el descanso, se hacía invisible en el patio de la casa a la espera que el último rondín dejará la casa en silencio para ocupar su sitio de un par de horas.

Ya había cumplido tres semanas, recordó. Tres semanas de levantarse una hora más temprano, todavía más. Llegó y decidió no molestar a nadie, era el primero en levantarse para asearse y estar preparado justo al tiempo que se levantaba el primero en la casa. Ahora, había reducido una hora al despertador. Cansado de tener prisa, de las vagas quejas y molestar en el camino de tránsito, prefirió madrugar y montar guardia en el jardín, un frío lugar en un invierno que ya hacía estragos pero una zona pacifica alejada del bullicio que puede ser una familia apretada en un pequeño hogar.

El viento de una ventana lo descubrió llorando, el rostro frío estaba atravesado por un camino de lágrimas que extrañando el calor del rostro sucumbían al punto de congelación. Se llenó de horror ¿lo habían visto? Talló el rostro, destruyó el sendero y lo obligó a entrar en calor. Tiritó, sabía su destino, esperar ante ese frío un poco más que la última persona, solo, en paz, pensando, bajo el martirio. No habría paz, lo sabía, comenzó a pensar.

¿Por qué lo había hecho? ¿En qué había fallado? Un golpe de furia, gritar, destruir, todo era tan fácil y optó por lo imposible, contener, soportar, tragar, abandonar. Lo había hecho demasiado bien. ¿Había actuado bien?

El pecho se infló de nuevo, la opresión no era aire, así se disfrazaba. Los sentimientos lo oprimían en busca de desbordarse pero no, ahí no era el lugar ¿dónde sí lo era? ¿Cuándo fue la última vez que había llorado? Estuvo a punto de hacerlo pocas horas antes, cuando tuvo que realizar la labor más vergonzosa de su vida. El trabajo apestaba, había agotado sus opciones, era el único lugar que le garantizaba un sueldo superior a la norma, a costa de su salud pero eso podría recuperarlo luego de… ¿cuánto? ¿Año y medio? ¡Eso esperaba! Podía salir a la ciudad, buscar algo según sus aptitudes pero encontraría mucha resistencia, tenía la habilidad pero ningún papel que lo demostrara y en esos lugares, eso importaba. Podría apostar todo a un último golpe de suerte, tal vez ganaría pero ¿ganaría? ¿Cuánto tiempo antes de comenzar a subir y poder recibir lo que aquí a cambio de su salud dejaba? No, dinero rápido, “´fácil”, salía de esto y después sí, a buscar algo mejor ¿sería demasiado tarde?

35 años. Ya comenzaban a pesar. ¿Un tercio de vida? ¡¿La mitad?! Estaba acabado, se negaba a pensar en ello, el muro indestructible de su razón aguantaba esos cuestionamientos y muchos más pero no era infranqueable, la saturación de sentimientos fungían como escalera, la anciana cólera subía sobre todas las demás y de un simple salto superaba las murallas. Un pequeño paso para la vejez, la destrucción de la falsa juventud que creaba para sí. Estaba cansado, dos palabras que soltaba con facilidad pero que analizaba más allá de ellas. Excusas para dormir durante la comida en el trabajo, para no salir por la noche y no gastar, mantra repetido mil veces como fuerza de voluntad y soportar, la familia, castigos, desvelos, desgaste. Estaba cansado pero aguantando. Eso hacía sonreír a su hermana pequeña, quien más se preocupaba por él. Eso quería pensar.

Una salida ¿la fácil? Cualquiera. Pero no se detenía a pensarlo seriamente. Cuando lo hacía no encontraba la manera de salir “intacto” de ello. Ya había sufrido demasiadas vejaciones en este maldito mundo como para despedirse con una última humillación. ¿La cabeza destrozada? Sería un féretro cerrado y la comidilla de por dónde había entrado la bala y la destrucción a su paso. ¿Con la lengua de fuera? Seguro orinaría… ¡Se defecaría encima! Y la lengua ¿quién carajos limpiaría? ¿Quién lo bajaría? Además ¿dónde? Sería una zona aislada, le rehuirían, motivo de murmuraciones y mitos urbanos ¿cuánto bastará para olvidar que ese lugar estaba maldito?

Un grito lo sacó del extraño lugar donde solía recluirse con sus pensamientos, un cuarto de tortura. Se sorprendió no fuera él gritando, algunas veces extrapolaba lo vivido en su cabeza. Pero esta vez no.
Las cabezas frente a él se movían a todos lados, las murmuraciones se detenían, ahora eran gritos y ordenes no identificadas. Encontró el pánico general en el rostro del hombre junto a él. La mirada fija, encendida en consternación y unas manos que rebuscaban en sus pantalones, sacando todo lo que encontraban y metiéndolo entre el asiento y la ventana. No entendía.

-Tú, imbécil. ¡Dame todo lo que traigas!
Giró desde el primer golpe del mental sobre hombro, las palabras le llegaron acompañadas del rostro que descubría junto a las intenciones, los estaban asaltando ¡a punta de pistola!

No era mala idea, logró pensar. El crédito en el banco le asignaba de manera obligatoria un seguro de vida bastante elevado, la deuda moría con él y el seguro se asignaba a su familia. Su esposa hubiera sido la afortunada pero hizo el cambio a las primeras semanas de su separación. Un suicidio que no es tal de manera legal, era perf…

Un disparo impactó en el cuello del vecino, bañando de sangre su rostro. Lo había descubierto guardando sus cosas. El cálido tinto de la sangre lo encendió. Eran tres, su mente le decía que eran tres. Uno amagaba al conductor para seguir el camino como si nada estuviera pasando. Estaba sorprendido por el disparo y cuestionaba al asesino. El segundo estaba al fondo, sobrepuesto, aceleraba la operación, “esto tenía que terminar ya” pensaba.
El tercero… ese fue el primero.

Abrió la mano y, junto a su pie derecho lanzando su cuerpo hacía arriba, apuntó a la muñeca que sostenía el arma, el puño derecho golpeó su boca recién abierta al salir una ofensa, el arma se disparó y encontró blanco en el segundo. Los dos cayeron, uno abatido por una bala accidental y el otro atraído por el peso del golpe al rostro y un cuerpo aferrado a él. Una segunda bala mató al tercero que lo cubría con su cuerpo, no sufrió, estaba noqueado. El arma escapó fácil de la mano muerta y, con el cuerpo inerte encima, vació el cargador sin ver, sin apuntar. Dos balas acabaron con el asalto, el resto escapó por el parabrisas.
Con los ojos cerrados, esperando que la muerte sobre él también lo llevara, vivo, seguía jalando el gatillo que respondía con un mecanismo vació. Eso no es lo que él había planeado.

La gente comenzó a salir en desbandada, alguien lo levantó y lo sacó de ahí.
-Sí llega la policía te va a ir mal, “pelate”.
En su recuerdo creyó haber visto a alguien de uniforme, le gusta pensar que era el conductor y que lo último que escuchó fue un “Gracias”

Llegó a casa sin saber cómo, la gente no se sorprendió al verlo llegar, lo conocían. Su madre fue quien se alarmó: ¿cómo era posible lo dejaran subir así al camión? ¿Por qué no se limpió en las instalaciones del matadero? ¡Era su mejor ropa y no tenía ánimos de limpiar esa suciedad!
Lanzó todo al montón de ropa que nadie le lavaba y que ya era suficiente como para mandar a la lavandería. Sin calentar agua se metió al cuarto del fondo y con botes de agua fría se lamentó; era buena idea.

Enrique Espejo Aguila “Esagui”

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