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Excomunión a los ladrones de libros.

No soy el gran fanático de la religión… de cualquiera. Sin embargo me sorprende encontrar ciertos puntos de común apoyo. En esta ocasión la sonrisa en los labios fue inevitable, seguido por el recuerdo de los miles de amigos que señalaría ante la santa madre iglesia y su flamante perro; la santa inquisición.

Durante la Edad Media, el robo de libros de las bibliotecas eclesiásticas llegó a ser tan frecuente que los monjes franciscanos no tuvieron más remedio que solicitar al Sumo Pontífice que tomara medidas contra los bibliocleptómanos. Haciendo eco a las quejas de los monjes, Pío V en 1568 formulará un decreto fechado el 14 de noviembre que dice lo siguiente:

“Según fuimos informados, algunos espléndidos con su conciencia y enfermos de avaricia, no se avergüenzan de sacar por gusto los libros de las bibliotecas de algunos monasterios y casas de la orden de los Hermanos de San Francisco, y retener en sus manos para su uso, en peligro de sus almas y de las mismas bibliotecas, y no poca sospecha de los hermanos de la misma orden; nos, sobre esto, en la medida que interesa a nuestro oficio, deseoso de poner remedio oportuno, voluntariamente y nuestro conocimiento decidido, ordenamos por el tenor de la presente, a todas y cada una de las personas eclesiásticas seculares y regulares de cualquier estado, grado, orden o condición que sean, aun cuando brillen con la dignidad episcopal, no sustraer por hurto o de cualquier modo que pr
esuman de las mencionadas bibliotecas o de algunas de ellas, algún libro o cuaderno, pues nos queremos sujetar a cualquiera de los sustrayentes a la sentencia de excomunión, y determinamos que en el acto, nadie, fuera del romano pontífice, pueda recibir la absolución, sino solamente en la hora de la muerte.”

Las bibliotecas exhibían copia de esta carta en lugar visible para que los amigos de lo ajeno se lo pensaran dos veces antes de echar mano del manuscrito de turno, sopesando bien los riesgos del fuego eterno a los que se exponían.

La más famosa de estas cartas es la Cédula de Excomunión que está expuesta en la Biblioteca Antigua de la Universidad de Salamanca, conocida coloquialmente como la Salmantina, reproducida en la foto superior, que dice así:

“Hay excomunión reservada a su Santidad contra cualesquiera personas que quitaren, distrajeren, o de otro cualquier modo enajenaren algún libro, pergamino o papel de esta biblioteca, sin que puedan ser absueltos hasta que esta esté perfectamente reintegrada”

 Excomunión por robar librosExcomunión por robar libros 2
Por si estas palabras cargadas de “furor” no fueran suficientes, y no lo eran, tuvieron que valerse de otras medidas mucho más eficientes; encadenar los libros.

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Siempre he sido de la idea de que los libros deben ser libres, no estar en los estantes acumulando polvo. Lo sé, va contra mi sueño dorado de ser anciano y tener una gran biblioteca que heredar y mi resistencia a prestar mis libros pero, son pocos aquellos que los cuidan igual de bien y aún más los que nunca los regresan, lo que me hace pensar seriamente en la sabiduría del pasado y considerar… no, lo mejor es no pensar tanto.

Aunque, ya explicado todo lo anterior, me veo muy tentado a seguir los pasos de maldiciones como esta del Monasterio de San Pedro en Barcelona, la cual fue ampliamente utilizada en todo el periodo medieval:

“Para aquel que robe un libro de la biblioteca haz que se convierta en una serpiente en su mano, y que lo desgarre en pedazos.

Haz que sea atacado de parálisis, y que todos sus miembros exploten.

Haz que languidezca en dolor, pidiendo a gritos piedad, y haz que no haya final para su agonía, hasta que se hunda en solución.

Haz que los gusanos del libro royan sus entrañas, en advertencia del gusano que no muere, y cuando vaya a su castigo final, haz que las llamas del infierno lo consuman para siempre. Amén.”

 

Algo así en las primeras páginas del libro dejaría pensando cualquier pensamiento de robo ¿no?
Por fin tengo algo bueno que decir de la Iglesia a mi madre que siempre me escucha blasfemar de ella… aunque seguro no lo verá con la misma diversión que yo.

Y ustedes queridos lectores ¿prestan sus libros o acaso tomaron nota de lo aquí dicho?

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