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Gelatina. Colaboración para “Letras Raras”

Letras Raras es uno de los maravillosos descubrimientos hechos a raíz de las redes sociales, en este caso en Twitter. Los encontré, francamente no recuerdo cómo pero de inmediato me atraparon con su revista semanal repleta de buenos e interesantes relatos, después descubrí que habían publicado un libro recopilatorio; no lo dude, me comunique con ellos y lo adquirí. Aprecio de manera desmedida la lectura y no se diga los proyectos que intentan acercarla a la gente en este país, es por ello que no me cuesta mucho decidirme a colaborar, en esa ocasión con dinero para comprar el libro y, ya con el valor suficiente, con algunos de mis relatos.

Al parecer algo bueno… o al menos algo no tan malo he de tener que al fin pude ver una de mis colaboraciones publicadas en su revista. Intentar describir la alegría sería muy complejo, me quedaría corto y no me creo capaz de poner en palabras esto que me embarga. Así que paso directamente al relato, con las mismas indicaciones de siempre, comenten, opinen, critiquen, destrocen, solo así aprendo y de verdad quiero aprender a hacer mejor en esto.

Nota adicional: Ahora que lo releí con la publicación, me di cuenta de infinidad de errores de distintos tipos, lo copio tal cual apareció en la revista por respeto a ella y el pésimo trabajo que hice al revisar mi obra. Aún así, no duden en señalar esos errores, soy de las personas que necesita muchos gritos para entender lo que a simple vista no capto. Gracias.

El relato tras el salto:

 

Dedicado a mi hermano el “exhibicionista”
estaré toda la vida en deuda
los niños de la calle siempre abusaran de eso.

 

Algo atrajo mi mirada hacía él, quiero negar que fu su vestimenta que, aunque la vi de reojo, fue la culpable de llamar mi atención. No me gusta parecer superficial o como el resto de las personas de esta ciudad, pero así fue; un pantalón hecho girones, con manchas por doquier que me recordaban al pantalón de un mecánico, una playera que perecía heredada por alguien más y que le quedaba bastante grande no corría con mejor suerte, el rostro sucio pero, las mano, aquellas con que ofrecía el último producto de su cubeta, limpias. La ternura en sus ojos dejó en el olvido mi minuciosa inspección, tenía una mirada triste que solo levantaba del suelo al encontrar unos zapatos, símbolo de un potencial cliente y a que, por obligación de saber si es él o ella, tenía que mirar a los ojos y pronunciar un discurso que después de escucharlo 3 veces supe era aprendido.
Tal vez era por haberlo invocado tantas veces como gelatinas cabían en su cubeta ¿por qué siempre eres tan mal pensado?
Una voz en lo profundo me cuestionaba, intentaba mitigarla con la lectura pero… ¿dónde me había quedado? ¿Página non o par? ¿Primer párrafo como indicaba la costumbre o la distracción me llegó a la mitad? ¿Una distracción, eso es para ti?

Lo busque con la mirada, de nuevo, tímido por los pensamientos que retumbaban dentro de mí. Repase los últimos gastos, sin moverme, con los ojos cerrados descubrí que aún tenía monedas, la oportunidad para hacer la buena obra del día. El sistema seguiría, lanzarían niños a la calle con más productos a vender, golpearían y estrujarían el corazón de las personas para así desprenderlos de una moneda que… ¿dónde termina? Es solo una vez ¿no que muy fiel a la buena acción del día?

Lo escuché a algunos metros de mí, si tan solo alguien me eliminara la necesidad de decidir. “Una gelatina, la última, la huerfanita, ándele oiga ya pa irme a hacer la tarea, no más 10 pesitos oiga”
Me concentré en la lectura, llevaba años que había renunciado a alguna divinidad, lo que hacía inservible pedir ayuda, todo dependería de mi o… lee, lee, no importa dónde te quedaste, comienza todo de nuevo, te vera concentrado, seguirá de paso y entonces, ante la omisión podrás defender la violación de tus principios.
“Señor ¿no me compra una gelatina, mire es la última…”
Era mi hermano, carajo, con casi 30 años, él 6 menos que yo, la victima predilecta en los juegos infantiles de los 3 hermanos, la mirada triste, la lagrima al punto de brotar, el pelo desarreglado, yo apunto de golpear y provocar ese llanto que tengo tratado cerca de la nuca, ahí donde no puedo acceder y desde donde se expande a todo mi ser para doblarme, para culparme, para estar a punto de llorar, hoy, a 20 años detesto la madurez para diferenciar las cosas, aborrezco mi pasado y me comienza a molestar mi presente.
Saqué de mi bolsillo el primer billete que encuentro y con el niño alejándose a lo lejos comienzo a maldecir el maldito “sistema”, no puedo asegurar si era un billete de 20, tal vez de 50, imposible fuera de 100, pero mínimo era el doble de lo que pedía ¿por qué no sonrió? ¿Por qué no alejarse saltando? Algo que me muestre a un infante feliz. Caray.
Esperaba que la gelatina tuviera un sabor más dulce, supongo el efecto placebo no funciona con la moral o las buenas acciones, aun así me niego a tirarla, no sería justo, además hay muchas personas mirando que la gelatina tricolor en mi mano pertenece al vendedor que los hostigó momentos antes.
¡Tiene que aparecer Violeta! Su falta de respeto al tiempo de los demás, ese defecto que me llenaba de emoción e incertidumbre cuando salía con ella, ahora, casados, no hace más que preguntarme ¿por qué carajos nunca le dije que en algún punto detestaría eso?
Tomé el vaso por la parte inferior, lo más peligrosamente posible y así, al momento de cambiar la página, junto con una obscenidad que garantizara mi credibilidad, la gelatina dio contra el piso y quedó (aunque dentro del vaso roto por la parte superior muy alejada del piso) lista para ir al bote de la basura.
No son 20 pesos, no es una mala gelatina, es una buena obra, la buena obra del día.
Violeta llegó a mi encuentro, con su sonrisa que me hacía olvidar que llevaba 20 minutos de retraso y me recordaba aquellas emociones turbulentas cuando éramos novios. Se negó a abrazarme, con las manos en la espalda dijo “Te tengo un regalo. Cierra los ojos.”
Aspire profundo, me dejé enamorar de nuevo por su perfume, aquel que le regalaba todos los años, ése que me recordaba porque nunca quise dejarla ir, su inteligencia, su pasión, su belleza, su bondad, su cariño…

“Eran las únicas dos que le quedaban y no me pude resistir a comprárselas.”

…su ingenuidad, nuestra ingenuidad. Abrí los ojos y frente a mí dos gelatinas tricolor, imposible negarle una sonrisa y besarla, éramos el uno para el otro. Tomé una y avanzamos rumbo al destino al que ya íbamos tarde, no importaba, solo buscaba la perfecta ocasión para que pareciera un accidente.

 

Enrique Espejo Aguila “Esagui”

 

Podrán ver este y otros relatos en la revista Letras Raras de Julio. Os invito a descargarla y disfrutar.

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