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El final del día.

La tarde, como el sol, caía pesada y trabajosamente dando paso a una noche que amenazaba con la ausencia de frescura.

Las piernas lastimadas se unían al coro quejumbroso dirigido por una espalda tostada por el sol, un cuerpo negro, cansado, exprimido. Un día normal de trabajo.

Caminaba por un parque invadido por niños risueños y joviales. Para ellos esas tardes eran cálidos días de verano. “No maduren, no pierdan el amor por las pequeñas cosas”. Le dije con la mirada a un pequeño que se aferraba a un más pequeño perro que luchaba por saltar y correr por el lugar.

Llegué a la esquina del parque, justo al final de la canción reproducida en mi viejo aparato musical. Dejaba atrás la jungla de colores con su verde predominante para cruzar la primera calle de muchas que forman a la jungla de concreto.

Los autos, veloces, devoradores del tiempo, preferían huir en estampida a dejar escapar un segundo a cambio de la seguridad de un sucio viejo.

Un destello, un rápido tono café cruzando mi mente. Una canción comienza a sonar pero no puedo oírla, mi sentido es arrastrado por la voz de un pequeño. El instinto levanta mi mano para hacerse notar y…

Encontré mi viejo reproductor en la esquina, aún sonando aunque no puedo ver qué, la caída volvió irreconocible la información en la pantalla. Descubro la mirada horrorizada de una mujer frente a mí, pasajera de un gran vehículo escruta mi rostro, lo toco, me contagio del cálido líquido, miro mi mano, sangrante, sin dolor, viva, cubierta de un rojo vivo desprendido de mi rostro.

Se veloz. Espero vieran mi mano levantada, no puedo comprobarlo, mis ojos se concentran en el niño y mi cerebro los hace girar un metro delante; el cálculo, la suposición. Mi cuerpo vuela a ese lugar y se estrella con el pequeño, lo envuelvo, intento saltar a la seguridad lejos de la calle pero las luces me gritan que fallé. Rígida la espalda, aflojo el abrazo, debe rebotar en mí. Miro el parque por última vez y cierro los ojos.

Mi rostro se enciende, la calidez inunda la mitad de mi cara, algo salió mal o muy bien, sigo en…

La mole toca mi cadera, intento avanzar pero en más rápida, ya va por mi espalda, algo salado llega a mi boca. No veo, no escucho, no siento, vuelo, llegó el momento.

La posición fetal que me trajo a la vida me saca de ella, con una vida entre mis brazos que me aferro a dejar aquí.

El frío cemento, lo siento.

El duro cemento, me rompe.

El suave movimiento, regreso.

Estoy solo.

La muchedumbre se acerca, es algo triste, terrible, un niño llora, vio a su amigo morir entre las ruedas de un feroz animal de la jungla. ¿Dónde está mi música? Dos semanas de medio sueldo y aún no lo termino de pagar, no lo puedo perder.

La sangre roja, cálida, vital, extinguiéndose con cada rayo de sol que la carcome, no es mía.

Difícilmente puede caminar, la gente no abre paso a un vejestorio, cansado, renco y con el rostro sucio. La conmoción está detrás de él, dos camionetas a mitad de la calle, un niño desconsolado y su mascota masacrada debajo de las ruedas. Una tragedia en la gran ciudad.
Mañana, el inicio de su ausencia laboral, entre gritos y ofensas por su irresponsabilidad será el último recuerdo que se tenga de él.

 

Enrique Espejo Aguila “Esagui”

Una noche de insomnio y repaso de mi día, la imaginación juega a desvirtuar y empeorar aquello que por fortuna salió bien.

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