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“La herencia” Quinta (Última) parte. Enrique Espejo Aguila.

No me gusta hacer entradas tan largas y difíciles de digerir mientras te tomas un café. Es por eso que decidí mutilar este texto de poco más de 3,300 palabras. Observando la reacción de los lectores será la periodicidad con que aparezcan el resto.
Retomando viejas costumbres en este blog les pido me dejen sus comentarios, sugerencia, críticas de todo tipo o cualquier observación que puedan hacerme, soy novato en las letras y solamente destrozandome aprenderé.

Puedes leer el capítulo anterior aquí.

Transcurrido el tiempo necesario fue preciso explicar a mi mujer mis escapadas y regresos desastrosos que requerían horas incontables en la cama para recuperarme.
-Todo se trata de la herencia del abuelo, la familia ha hecho de esto una pesadilla y tengo que padecer incontables horas sufriendo por lo que me pertenece- Le dije, añadiendo que el fin de todo aquel calvario había llegado y era el momento de unas merecidas vacaciones en alguna playa paradisiaca con mi única familia. Mi mujer lo tomó con suspicacia e incluso creo nunca lo terminó de creer pero se dejó llevar por la emoción y energía de los niños al enterarse de los planes para las siguientes semanas. Pedirle que dejara su horrible trabajo luego de una larga noche de cena, baile, alcohol y pasión en nuestra suite de lujo no encontró la menor resistencia
–Ahora yo volvería a proveer en mi hogar- la dejó desarmada y a mis pies.

Las dos semanas en la playa fueron un sueño consumido de manera voraz, necesitaba volver a casa, a mi nueva casa en el fraccionamiento más exclusivo de la ciudad. Mi mujer absorbida en las nuevas remodelaciones y mis hijos gozando de su antigua escuela con sus viejos amigos me daban la oportunidad y tranquilidad para analizar mis opciones de inversión, ahora sería el jefe de mi familia, de mi casa, de mi trabajo, de mi vida… para lograr esto último solo faltaba una cosa más.

Una noche mi mujer llevó a los niños al cine, me quedé completamente solo en casa alegando un inesperado dolor de cabeza. Con una copa de vino en mi mano izquierda, luego de gozar con la visión de mi nueva casa, por todo lo que había logrado, clavé mi mirada en el abrazador fuego de la chimenea, depositando en las llamas los pocos recuerdos que aún se negaban a dejar mi mente. En mi mano derecha el origen de todo aquello, el viejo libro del abuelo que quería escapar entre mis sudorosos dedos.
-No puedo matar lo que ya está muerto. Pero puedo enviarlo directo al infierno.- Entre esas palabras cayó el libro entre las llamas aumentadas por el nuevo combustible; cientos de almas vengadas en la misma hoguera de sus verdugos. Son solo letras recapacité, tras un largo y placido trago a mi copa terminé esa historia dándole la espalda a ese calor que comenzó a inundar la casa.

Durante 12 días, los futuros proyectos no me dejaron dormir pero, fue una pesadilla lo que detonó todo. Mi inconsciente dejó la puerta abierta a aquello que comenzó a invadir a mi realidad. Las siguientes noches aumentaron en oscuridad y mis sueños su teatralidad. Los recuerdos se aglomeraban en mis pesadillas, invadían mi cuerpo, penetraban en él y salían a mi realidad en cada gota de sudor que inundaba mi piel. Las últimas noches se volvieron insoportables, mi cuerpo vociferaba ante el martirio al que era sometido, contagiando el pánico a mí esposaba quién desesperada apenas lograba sacarme de aquellos sueños.
El terror en su mirada no sé comparaba con lo que yo vivía noche a noche, pero tenía que hacer algo para no extender mí martirio a ella. Medicamentos, alcohol y otros estupefacientes fueron rechazados por mi cuerpo; horas después de ingerirlos la repulsión luchaba contra ellos, se hacían uno y corría al baño bajo la necesidad de expulsarlos, bilis ardiente que arañaba mis entrañas a su paso, solo una pizca del infierno que me deparaba.

En la noche o en el día, ya no importaba, los sueños cobraban mayor nitidez comenzando a contaminar no solo mi interior. El olor a azufre mezclado con la grasa humana se acompañaba del sonido de gritos y lamentos. Cuando regresaba a la realidad, la que creía mi realidad, mi corazón acelerado era lo único que escuchaba pero el olor seguía ahí, impregnado a mi ropa.
Mi mujer ante la impotencia de disminuir el hedor terminaba deshaciéndose de la vestimenta sin encontrar explicación a ese efecto que se repetía con mayor frecuencia.

Ante mi mutismo atribuido ingenuamente a “mi enfermedad” dejo de acosarme con el problema, le preocupaba más mis crecientes tics nerviosos, mi pérdida de peso y cordura.
La ansiedad me dominaba; estar bajo la constante expectativa de una nueva inmersión al pasado me tenía nerviosamente atento. No perdía peso por voluntad; la comida se volvía ceniza en mi boca, todo se disolvía en mi lengua y comenzaba a tornarse negro, secaba mis entrañas si lograba tragarlo. El agua no apagaba el fuego de mi garganta. El alcohol no embriagaba, no hacia olvidar. Los medicamentos no generaban alivio. Mi cordura estaba intacta; solo se adaptaba a las dos realidades que vivía.

Todo a mí alrededor se convirtió en dolor, el edén que construí se convirtió en mi infierno en la tierra. Podía acabar con todo aquí, en este lugar, pero el suicidio me aterraba, el sufrimiento por el que pasaba no lo quería convertir en eternidad.
La pesadilla se imponía, aniquilaba los sueños, plagó lo terrenal. Era preciso destruirlo todo, forjarlo de nuevo; todo aquello que pudiera monetizarse se transformó en una moneda de oro más. La televisión, la sala, el carro, la casa, nada importaba, todo era intercambiable por esas monedas que tanto necesitaba.
Mi mujer aterrada por los cambios en mí, vio en el desmantelamiento del hogar la destrucción de una familia que comenzó a desmoronarse con mis febriles acciones. Su fortaleza no pudo más y huyó sin destino con mis hijos.

El polvo mancha toda mi vestimenta, al caer exhausto al fin puedo oler la brisa de la noche sobre la fértil tierra. Mis manos rojas por el arduo trabajo conectan con unos dedos que ya no sé si siento, frágiles, cansados, ampollados, no pueden más, mis ojos delatan el cercano final e inyecta la última vitalidad que creo soy capaz de generar.
Las palabras de Javier resonaban en mi cabeza, cayendo con mayor peso, penetrando a fuerza de razón, mi vida es un asco pero ahora puedo vivirla.
De nuevo hay 12 bolsas enterradas y al fin ya no hay páginas en blanco.

Enrique Espejo Aguila.

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