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“La herencia” Tercera parte. Enrique Espejo Aguila.

No me gusta hacer entradas tan largas y difíciles de digerir mientras te tomas un café. Es por eso que decidí mutilar este texto de poco más de 3,300 palabras. Observando la reacción de los lectores será la periodicidad con que aparezcan el resto.
Retomando viejas costumbres en este blog les pido me dejen sus comentarios, sugerencia, críticas de todo tipo o cualquier observación que puedan hacerme, soy novato en las letras y solamente destrozandome aprenderé.

Puedes leer el capítulo anterior aquí.

La herencia.
Tercera parte.

Una suave luz bañaba por dentro los vagones, la locomotora corría a una estruendosa velocidad pero dejaba ver a los elegantes pasajeros; trajes con sombrero, damas con vestidos salidos de otra época, conversaciones agradables acompañadas de tazas con un hilillo de vapor que delataba su cálido interior, algunas miradas perdidas en el paisaje oscuro que presentaba el exterior. Una fuerte luz cegó la visión.

Mis pies instintivos trataron de sacarme de ahí pero el brazo fuerte de Javier me retuvo, los disparos se sobreponían al sonido de los caballos galopando, rodearon el tren los 20, quizás más, tal vez mucho menos, entraban por una esquina y de inmediato salían por otra. Apoyados en la obscuridad era difícil seguirles la pista.
El rojo carmesí inundo el interior, algunos uniformados sobrepuestos al impacto trataban de repeler el fuego. Niños volaban por las ventanas al exterior, algunas madres colgando de las ventanas lograron escuchar los cascos rompiendo el cráneo de los pequeños.

La extraña visión de la rapacidad humana comenzó a inundarme, fluyó por mis mejillas hasta caer en un suelo que solo podía imaginar inundado de rojo.
Aunque desolado y abrazado al árbol, Javier aún tenía sus garras oprimiendo mi brazo, no lo sentía pero lo veía, no podía sentir ese insignificante dolor.
Por un fugaz momento caí en cuenta que el silencio nunca abandonó el lugar, mis oídos se negaron a trasmitir lo que escuchaban; lamentos de cientos de heridos, risas fatales momentos antes de rematar algún cuerpo colapsado por el dolor.
-Quemen los vagones con todos los que puedan meter dentro, el dinero se reparte como acordamos y nos vemos en Tepa mañana. ¡Viva Cristo Rey!- Logró taladrarse en mi cabeza y me obligo a ver a la extraña figura que ya se alejaba en su bestial caballo negro.
Mis músculos se tensaron presionando a aquel árbol, con la mandíbula trabada quería fundirme a él y no ser parte de aquello. Así como dejé de oír, así como me negaba a mirar, deseaba dejar de oler el hedor nauseabundo que sabía nunca podría alejar de mí.
Tenía que salir de ahí, me tenía que largar de ese lugar.

Mis ojos dejaron entrar a una extraña figura en su caballo, miraba con curiosidad en mi dirección, intentaba mirar el espectáculo causado pero volvía hacía mí, me perdía, luchaba por enfocar, estaba fuera de su alcance. Mis manos sangrantes con cientos de trozos de madera incrustados cedieron al abrazo de vida para caer lejos de ahí, me alejaba con la mirada fija en él cuando comenzó a avanzar lentamente sobre su caballo, sus ojos se abrieron, me había encontrado, sus piernas presionaron al animal que se lanzó sobre mí. La bestia bufaba desesperada, de sus ojos brotaban llamas negras. El jinete alzado sobre los estribos desenfundaba y centraba la mira. Con los puños cerrados sobre el suelo esperaba el final, mi final.
Un disparo lo fulminó.
-Ese es el abuelo- Susurró Javier.
Con el cañón aun humeando un joven a mi lado sonrió, fue entonces cuando lo reconocí. Lentamente se desvaneció, consumido por la luz de un nuevo día naciendo donde aún podía ver el cuerpo de locomotora incendiándose. Las huellas de la lucha desaparecían, los cuerpos se evaporaban, las vías regresaban a su posición original, el monstruo de metal derrotado daba paso a un sol naciente que purificaba el entorno. Pero el cuerpo de mi atacante, aquel que traspasó el pasado para atacarme en mi presente seguía tendido en el suelo, penetrado por una extraña llama que salía de su pecho.

Después de un litro de agua enfriada por la brisa de la mañana y media botella de tequila consumidas en soledad, tuve el valor para enfrentarme a Javier y hacer la única pregunta que importaba. Él, con pala en mano, ya comenzaba a trabajar donde comenzaba a desaparecer el cuerpo que traspasó el tiempo.

Puedes leer la continuación aquí.

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