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“La herencia” Segunda parte. Enrique Espejo Aguila.

No me gusta hacer entradas tan largas y difíciles de digerir mientras te tomas un café. Es por eso que decidí mutilar este texto de poco más de 3,300 palabras. Observando la reacción de los lectores será la periodicidad con que aparezcan el resto.
Retomando viejas costumbres en este blog les pido me dejen sus comentarios, sugerencia, críticas de todo tipo o cualquier observación que puedan hacerme, soy novato en las letras y solamente destrozandome aprenderé.

Puedes leer el capítulo anterior aquí.

La herencia.
Segunda parte.

La mitad del camino lo reconocí sin ningún problema, era la estación de trenes de una ciudad cercana al rancho del abuelo. Llevaba años en desuso y la ciudad quería convertirla en una atracción turística, hasta ahí logramos llegar en mi coche. Recorrimos la vieja estación a pie, con extrema curiosidad invadí sus espacios, las ventanas mostraban los antiguos cuartos repletos de muebles aún más viejos, extraños para el hombre de hoy, parecía un montaje de una película del Oeste. Al final de la estación, cerca de los árboles que comenzaban a ganar terreno, dos caballos atados y cargados. Javier montó y comenzó a andar siguiendo las vías, con oídos sordos a mis quejas no me quedó más que montar a aquel extraño animal y tratar de seguir tras él, tan solo tratar, el animal siempre tuvo el control.

La noche acompañada de una solitaria luna en su esplendor caía pesada sobre nosotros. Lo que en otras circunstancias hubiera significado una imagen bella, provocaba un andar pausado bajo un extraño halo de terrorífica soledad, pareciera que los caballos revisaban dos veces donde pisar antes de atreverse, sin control alguno sobre el animal me dejé llevar por la mirada perdida de Javier, fija en un horizonte que dibujaba constantemente sus formas con cada adaptación de nuestros ojos. Cuando nos desviamos a la izquierda alejándonos de las vías, nos descubrí en un extraño claro; tal vez 300 metros a la redonda libre de vegetación alguna, solo tierra dura, después estaban los árboles y arbustos, como si la naturaleza se negara a invadir esos dominios.

Desmontamos antes de la primera línea de árboles y Javier se encargó de amarrar los caballos adentrándose lo más posible, mientras yo le seguía recitando todas las preguntas que invadieron mi mente en todo el trayecto. Parecía un idiota hablando a una pared móvil que sin mucho esfuerzo ignora mis preguntas, ¿tenía miedo a provocarlo en ese lugar desolado o acaso temía lo que pudiera contestar?

Javier “el serenísimo” se limitó a descargar los caballos, lanzó una cobija que cubrió el pasto con extraña perfección, me arrojó un par de velas y sus primeras palabras desde que bajamos del auto.
-Una en cada esquina, enciéndelas y… relájate.
-Chinga tu madre- No fue tan satisfactorio como lo esperé, mucho menos liberador. Ya había encendido 3 velas, otra blasfemia venía dulcemente por mi garganta cuando lo vi, plácidamente sentado en posición de flor de loto con un libro entre las manos.
-Sabía que ibas a salir con una de tus chingaderas hippies.- Le lancé de pie frente a él.

Una sensación helada comenzó a subir por mi pie y rápidamente surcó por mi entrepierna, para cuando recorrió, lentamente, el centro de mi espalda pude ver reflejado en el suelo una luz aproximándose. El gélido invasor escapó por los vellos erizados de mi nuca. Un rítmico golpeteo trajo consigo más ráfagas heladas, está vez atacaron las velas que cedieron su calor como lo hice yo. Se dibujaba borrosa la silueta de Javier y, haciendo aún más fatídico el momento, una pesada nube cubrió la luna y no tenía intenciones de ceder en su lento viaje. Mi cabeza comenzaba a doler por los giros bruscos; cielo, Javier, caballos, luz aproximándose, Javier, el maldito de Javier, una ruta ¿por dónde carajos habíamos llegado?

Una rodilla cedió ante el mareo, ¡eso era! Eso quería pensar. Giré demasiado rápido y era mejor sentarse, tuve que hacerlo junto a él, ignorante de todo, leyendo… ¡Dios sabe cómo lo hacía en esta oscuridad!
El golpeteo aumentaba su intensidad, provenía de la luz, ahora lo sabía desde esa posición. Se escuchaba algo más, piedras danzando, rosando, cayendo del montón que formaba la vía, empujadas por pies presurosos, no podía enfocarlos, se detenían y eran parte de la gran penumbra, pero cuando volvía el movimiento podía distinguir esas sombras sigilosas. No estábamos solos.

Parapetado detrás de un árbol Javier llamó mi atención. En algún momento me había abandonado, pero yo no lo abandonaría a él, no me dejaría solo en ese lugar.
-No pasará nada- repitió con su estúpida sonrisa y siguió leyendo cuando me puse a su lado.
La tierra comenzó a cimbrar con el aumento del rítmico golpeteo, la luz inundo las vías y baño a las sombras, solo dejó al descubierto ojos brillantes concentrados en esa luz que los embestía, una entre todas pareció concentrarse en mí.

Puedes leer la continuación aquí.

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