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“La herencia” Primera parte. Enrique Espejo Aguila.

No me gusta hacer entradas tan largas y difíciles de digerir mientras te tomas un café. Es por eso que decidí mutilar este texto de poco más de 3,300 palabras. Observando la reacción de los lectores será la periodicidad con que aparezcan el resto.
Retomando viejas costumbres en este blog les pido me dejen sus comentarios, sugerencia, críticas de todo tipo o cualquier observación que puedan hacerme, soy novato en las letras y solamente destrozandome aprenderé.

La herencia.
Primera parte.

Habían pasado cerca de 6 años desde que vi a mi primo Javier en la última comida familiar en casa del abuelo. Un año después el abuelo había muerto y la familia fue incapaz de encontrarse en el mismo lugar sin la misma razón para reunirse.

Se presentó sin avisar. Eran las 10 de la mañana, mi mujer ya habría dejado a los niños en la escuela para de ahí partir a la oficina, a su horrible labor de secretaria, odiaba ese trabajo pero 5 años de casados, de mantener este hogar con mi sudor ameritaban algunos sacrificios de su parte, sobre todo cuando yo no fui capaz de encontrar un nuevo trabajo.
Como se estaba haciendo costumbre en este país, la empresa había sido víctima de un desfalco por parte de unos contadores que ahora vivían su jubilación en alguna playa del Caribe. Habían pasado 5 meses y mi casa heredada cayó en hipoteca para cubrir los gastos de un carro que aún no termino de pagar y ya tuve que vender. El declive del cielo al infierno a manos de quienes antes giraban mis cheques.
Mi mujer comenzó a trabajar más horas de las que le pagaban, todo sea con tal de no perder esa fuente de ingresos. Los niños en una escuela más accesible pese a sus pataleos y berrinches al intentar conservar a sus antiguos amigos de escuela. La casa comprometida con unos bancos que ya comenzaban a llamar por la primera de muchas mensualidades atrasadas. El país jodiendome aún más la vida desde la televisión que veía a todas horas a falta de algo mejor que hacer. Y ahora mi primo llega, obligándome a ofrecerle una cerveza que no tengo y mucho menos puedo pagar. Una buena noticia al menos, no bebe.

Mi abuelo Ramón siempre estuvo al pendiente de su gran familia. Tanto así que fue él quien me heredó la casa apenas me casé.
-Esto es uno de los inconvenientes de la guerra “hijo”, vives la muerte tan cerca que para alejarla mueres cientos de veces haciéndole el amor a la vida.- Me contó la última vez que lo vi luego de que conociera a los nuevos nietos.

Aunque la distancia y el tiempo alejan a la familia se las ideó para estar al pendiente de todos: la gran herencia del abuelo. Es por eso que toda la familia sabía de mi situación, la cual tristemente era parecida para todos y solo el apoyo moral llegaba a raudales.

Javier no traía solo palabras y palmadas en la espalda. Por extraño que pareciera  había desaparecido del radar de la familia, después de la muerte del abuelo Ramón presentó sus respetos ante el cuerpo y se marchó. Nadie supo de él, ahora que recapitulo creo que fui el primero en volverlo a ver.

Sentado en el viejo sillón apolillado, aquel que se salvó de la última remodelación porque mi mujer decidió centrar su atención en la cocina. Al final comenzó a escasear el dinero y ese sillón lo dejamos para la próxima oportunidad. Javier no lograba comprender los extraños contrastes en mi casa. Las áreas decoradas espectacularmente y aquellas que apenas sobrevivían el debacle de mi estilo vida.

-Tu vida es un asco- Me dijo tras suspirar.
-Andar por la vida de “pacheco” no es mejor.- No toleré la ofensa y contraataqué con lo único que recordaba de él. Su vestir, su andar y hasta su olor lo seguían delatando.
Sonrió. De la mochila que estaba a su lado extrajo una bolsa, delataba su peso en la fuerza que utilizaba para tomarla, hacerla volar unos centímetros en el aire y volverla a frenar en su mano para de nuevo lanzarla al aire un par de veces más.
La lanzó hacía mí –El abuelo manda saludos- terminó de decir antes de que se estrellara en el suelo a medio metro de mis pies. Su contenido no pudo ser sostenido por el débil amarre, destellos brillantes, reflejos plateados y el sonido aprisionado en lo más hondo de mi memoria salió disparado para hacerme reconocer el otrora sonido familiar, decenas de monedas plateadas sucumbieron por la distancia, solo una llegó a golpear la punta de mi pie desnudo.
Su sonrisa nunca se desdibujo.
-Esto es de la familia, por eso lo entregó yo. El oro es tuyo, solo tú lo puedes tomar.

Enrique Espejo Aguila “Esagui

Puedes leer la continuación aquí.

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  1. 9 diciembre, 2013 en 4:54 AM

    Me dejó picada la historia. Terminaste con un “cliffhanger” interesante. PD. disculpa mi Spanglish. Saludos!

    Me gusta

    • 9 diciembre, 2013 en 11:51 AM

      Genial, precisamente esa es la idea, el texto integro está plagado de ese tipo de “finales” fue una de las razones que me movió a “mutilarlo” de esta manera. Leí un poco sobre las “novelas/historias” que se entregaban por partes a un periódico y me pareció buena idea traer esa “tradición” a la actualidad.

      Me gusta

  1. 9 diciembre, 2013 en 12:28 PM

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