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Fin. México Bárbaro.

A medio libro de esta interesante recopilación.

A medio libro de esta interesante recopilación.

(Los comentarios iniciales los puedes encontrar aquí)

Una obra periodística muy completa, con algunos fallos llegando el momento de terminarlo, pero la empatía con el periodista crece con el pasar de las páginas a tal nivel que se puede pasar por alto este pequeño “pecado”

El porfiriato ese periodo histórico donde México creció en todos los aspectos, TODOS… favor de ignorar el rifle 30-30 que me apunta a un costado. La nación que renacía de las cenizas dejadas a lo largo de tanta guerra, iniciando en 1810 con los primeros pasos de lo que sería la independencia, guerra civiles, lucha por el poder, caudillos amparados en el enorme poderío militar dispuestos a ir por la cereza del poder, el poder total de la nación, porque ellos se consideraban los mejores para gobernar a esa banda de andrajosos que forman al país.

Bajo el lema de “sufragio efectivo, no reelección” llegó al poder el general Díaz quién ayudado (increíblemente) por la muerte al llevarse a Juárez, de quien no hablare aquí pues estamos tratando el porfiriato *cede la presión del rifle en mi costado*
Decía que bajo esas condiciones llegó nuestro flamante general a ocupar el puesto que desempeñó por poco más de 3 décadas… ¡momento! ¿Qué no llegó con la frase… *mayor presión al costado* ah sí, la nación lo reclamaba y quedaba claro al momento de las elecciones, donde de manera apabullante lograba vencer en cada ocasión.

Las naciones del mundo veían impresionadas el renacimiento de un país que cobraba reconocimiento e igualdad ante las más grandes, su prestigio, poderío y elegancia eran envidiables, considerando el poco tiempo en que se logró. Visitar México significaba ver la ciudad de México impresionado bajo los monumentales edificios de reciente inauguración, el orden y el progreso que generaba el puño de hierro de Don Porfirio Díaz, las reuniones, cenas, tertulias se deshacían en elogios al gobernante. ¡Todo era magnifico!
Pero no todos lo creían así, no todos compraban esa visión, John Kenneth era uno de ellos.

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Kenneth nació en Portland, Oregón, Estados Unidos, en 1879. Desde muy joven se dedicó al periodismo, aparte de ser militante político. Trabajó como reportero para diversas publicaciones y también fue colaborador del periódico revolucionario Regeneración.  Durante su estancia en México se dio cuenta de las terribles condiciones en las que vivía el pueblo mexicano debido al sistema de gobierno implantado por el dictador Porfirio Díaz.

México era un país que daba la bienvenida al extranjero llenándolo de elogios y consideraciones, transportándolo por rutas previamente establecidas para que apreciara con sus propios ojos la magnificencia del país, dejando fuera la marginación y los horrores a los que se enfrentaba a diario el mexicano común, común y pobre qué eso era lo realmente común.
La desigualdad social era un hecho imposible de negar, se comprobaba desde el mismo centralismo o siendo certeros, el mal federalismo que instauro Díaz. Los mejores edificios, servicios, burocracia, toda la modernidad se establecían en el centro del país, la ciudad de México durante este periodo llegó a ser considerada a la par (si no es que mejor) que las grandes ciudades de Europa. Lo que sirve como primer ejemplo de la desigualdad, mientras en el resto del país la modernidad todavía era un sueño, una promesa de campaña, la ciudad de México daba la bienvenida a todos los avances tecnológicos de la época.
Una ciudad tan avanzada gozaba de una sociedad muy elevada, glamour (afrancesamiento por doquier, empezando por el dictador Díaz y los polvos de arroz que le ponía su mujer para lograr que su piel se blanqueara), elegancia (el comercio con Europa estaba en su máximo apogeo), prestigio (salían a relucir los títulos nobiliarios, originales, comprados o falsos, daba igual), un aburguesamiento total.
Lo anterior tenía que ser sostenido por algo, tomando en cuenta la adversidad de las clases altas al trabajo, es normal entender que quién debería pagar serían los desprotegidos, aquellos “indios” buenos para nada, que gustan de la bebida y la flojera, a ellos que sí no se les pone mano dura para ponerlos a trabajar no harían absolutamente nada. Ellos son los responsables del trabajo, sudor, sangre y sufrimiento necesario para hacer las tareas requeridas para sacar adelante el privilegiado estilo de vida de estos importantes señores.

Esto era muy complicado de demostrar, aunque era simple de ver para cualquier nacional o de vivirlo si veías “de más”, los extranjeros tenían pocos asuntos que hacer fuera de la ciudad de México, no les interesaba ver más allá de lo “hermoso” y aquellos que se atrevían eran controlados, ya fuera por el gobierno estatal, local o incluso la policía de la zona, las ordenes bajaba de nivel al ritmo que el visitante fuera adentrándose en el país. Es por eso que Kenneth tuvo que jugar la farsa de ser un posible inversor para tener acceso a los lugares, personajes y secretos que guardan la otra vida de México.

Yucatán, Oaxaca, Chiapas, Jalisco fueron algunas zonas visitadas, imposible definir cuál fue la peor, las historias desgarradoras son cambiantes, los padecimientos, sufrimientos, los factores para llegar ahí son tan distintos como personas están recluidas en los lugares de trabajo, una esclavitud disfrazada bajo los “contratos de trabajo” logrados bajo engaños; adelantos de efectivo, deudas impagables, contratos firmados antes de establecer los pagos, llegando al punto de la simple prisión, atraídos a alguna propiedad son atrapados y lanzados a los vagones del tren que los llevara a su nuevo trabajo, con una mortalidad de 30% durante el viaje y un trabajo donde apenas el 10% lograba sobrevivir a un año de labores, la mano de obra era una constante fuente que requería cada vez más víctimas.

En zonas remotas, obligados a trabajar alrededor de 13 horas diarias, con dos o una comida al día, durmiendo apretados rodeados de 4 paredes y un techo si corren con suerte, sobre un suelo duro, los más afortunados un pedazo de petate comprado en la tienda de raya; lugar donde tendrían que gastar los pocos centavos obtenidos por sus jornadas, comprando productos con precios elevados hasta un 400% en comparación con los precios de la ciudad más cercana, logrando con esto que el trabajador tenga que endeudarse aún más y así hacer imposible pagar con su labor diaria, una esclavitud bastante controlada.
Gracias a la farsa de la posible compra de propiedades, haciendas o fábricas Kenneth logra relatar de manera fiel lo que sus ojos algunas veces se niegan a creer o le cuesta ver por las lágrimas que lo invaden, son relatos plagados de una furia impotente. Sangre, dolor, tristeza, desolación, esclavitud… en lo personal, en muchas ocasiones mientras leía me sentía leyendo sobre el holocausto Nazi y sus abusos. Es tan cruel qué… carajo, ya se sabía esto pero los libros de historia aunque lo evitan o lo tratan muy encima nos hacen propensos a un fuerte impacto ante estas letras tan desgarradoras.

Me parece aquí radica la importancia de este libro, ese hueco en la historia es tan profundo y negro que merece llevar luz sobre él, necesitamos aprender de la historia para no repetirla como tristemente está pasando hoy en día. El libro es magnífico en ese aspecto, plasma de manera cruda las atrocidades más crueles desarrolladas ante los ojos del periodista, no solo eso, da a conocer nombres, lugares, puestos políticos y relaciones de las distintas personas involucradas, así como las consecuencias de aquellos que antes que él, intentaron o hicieron ejercicios similares. Expone un sistema que no solo aprueba y fomenta las atrocidades, también silencia a las voces que pretenden dar a conocer al mundo la pesadilla en que se ha convertido el país.

Las comparaciones (un aspecto importante para mi) realizadas entre las dos naciones son geniales y muy acordes, sin embargo también expone a su país y el gran grado de culpa que llevan sobre sus hombros (algo genial y que no esperaba) al permitir que esto se lleve acabó con el fin de tener más y mejores negocios. La ley del dólar se hace presente, lo que a fin de cuentas termina definiendo a los Estados Unidos está aquí demostrado, uno de los primeros intentos (no recuerdo algún caso anterior) de ponerlo de manifiesto, con una excelente visión Kenneth logra demostrar cómo fue y será el camino a seguir de su gran nación; la explotación de los demás en busca del beneficio propio.

Las conexiones fuertemente logradas entre los dos gobiernos quedan expuestas al mostrar la persecución de los periodistas estadounidenses en su propia nación, incluso la de los Mexicanos que huyendo de la policía secreta de Díaz buscan paz en esa nación, son perseguidos con mano firme pero con guante de seda. Prisioneros por las razones más absurdas son enclaustrados, incomunicados, aislados, no pueden hacer nada más que esperar el fatídico momento en que su “juicio” terminara, siempre con el mismo resultado; la expatriación, serían entregados en la frontera directamente a la policía Mexicana quien seguramente tendría que aplicar la ley fuga contra esos prisiones que “intentaron” escapar a la “justicia”.

A estas alturas es donde comienza a perder el piso el periodista, la furia interna, ya sea por lo que vio, lo que vive en su país, el descubrimiento de esa red tan macabra o el ataque a su persona y sus colegas lo hacer perder toda objetividad, lanzándose en una análisis del dictador y su historia por demás infantil, acusándolo de las cosas más estúpidas; cobarde, llorón, lambiscón, egocéntrico. Busca dejar en claro la facha frágil del héroe que todos aclaman.
Sí, bien, me parece estupendo querer mostrar las debilidades y puntos “malvados” del dictador pero ¡venga! con la misma forma y objetividad de la que habías hecho gala en todo el libro, no con los ataques infantiles, adjetivos rebuscados y situaciones sin sustento alguno. Yo también estaba furico con los relatos de la horrible realidad Mexicana, estaba desolado por la crueldad a la gente y juro que en más de alguna ocasión sentí la lagrima llegar a mis ojos, aunque yo me hubiera podido desatar en insultos mucho peores, adjetivos más infantiles aún y gritos estruendosos, yo soy un simple idiota que escribe palabras en un blog. Él (Kenneth) es un gran periodista (por si lo que aparece en el prólogo no lo deja demostrado, su trabajo hasta la tercera parte del libro lo demuestra) ¿cómo ¡carajos! fue tan susceptible a despotricar así y lanzar todo su trabajo por la borda?

No es un mal libro, tan solo tiene un mal final. Al parecer esto solo me lo parecer a mí, @elsrescritor y yo intercambiamos algunos puntos de vista en Twitter, lo que me da a entender que solo yo me enoje con ese final. Por cierto síganlo en Twitter y léanlo en su blog vale mucho la pena.
Ahora más que nunca, más que en cualquier otro libro me gustaría la opinión de los distintos lectores que pasan por este blog, quiero la empatía de algunos, el regaño de otros, las ofensas de otros más, saber su opinión y enriquecer más este espacio. ¿Realmente tengo razón en enojarme con el final, en lugar de enojarme por los mismos motivos que el periodista?

Un libro bastante recomendable, como dije ya, más ahora que la historia se está repitiendo y no cabe duda que no aprendimos, ya sea porque solo se cuenta la historia por encima o no se dice nada de ella. Un capitulo triste en la historia nacional, pero con la frente en alto tenemos que afrontar nuestro pasado y hacernos responsable de él, pues nosotros somos los hijos de ese pasado, los hombres que vivimos este presente y seremos los padres que cultivaremos a los hijos que seguirán con la construcción de esta nación.

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