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“La sangre se hereda, el vicio se apega” Enrique Espejo Aguila.

Habiendo participado en el concurso PENUMBRIA DIEZ y ahora ya publicada la revista correspondiente, creo puedo publicar aquí el texto que mande para esta ocasión, espero os guste.

Igual que la ocasión anterior también lo subí a Novelistik una plataforma de la que ya hable. Les pido, sí son parte de ella, se den una vuelta dando click aquí y apoyen para seguir creciendo.
También les suplico me dejen sus comentarios, criticas, sugerencias o cualquier cosas tanto positiva o negativa, pues solamente de esa manera podre seguir haciendo cosas interesantes, para seguirlas mostrando por este medio. Gracias.

 

La sangre se hereda, el vicio se apega.

 

En la mochila que cargaba al hombro llevaba depósitos para 8 litros, mangueras de escasos dos metros y algo de comida enlatada que encontró en su viaje anterior. Recostada en su cintura la vieja magnum, ocho cargadores llenos y las bolsas del pantalón con una pequeña fracción del total de municiones que poseía. Atravesando su pecho un viejo fusil de francotirador con escasas 5 municiones. Lo llevaba consigo por la mira telescópica y su letalidad en 200 metros o menos.

Subió hasta el penúltimo piso, desde ahí podía observar sin ser observado. Solo él soportando la fría mirada que le regresaba la ciudad. Una bomba no hubiera dejado una peor imagen, los artefactos creados por la mano del hombre tienen la habilidad de destruir todo de golpe, aniquilar de raíz lo que se encuentre a su paso. Pero la humanidad asustada y temerosa es capaz de movilizarse como una plaga de langostas, consumiendo y siguiendo su camino en busca de más. Asaltando establecimientos, devorando sus entrañas en busca de alimento, destruyendo su exterior como muestra de rebeldía, solo revela su impotencia.  Solo pequeñas llagas en un gigante como lo es la Ciudad de México. Un gigante dormido que soportaba estoicamente a millones de parásitos. Personas que no soportaron más y decidieron alimentarse totalmente de él.

Y aún ahora, con los árboles arrancados de raíz, automóviles volcados en las calles, sin un solo vidrio intacto en los primeros niveles de los otrora imponentes edificios. El gigante sigue dormido, disfrutando del sueño placido que le proporciona los escasos parásitos sobrevivientes.

La belleza de la muerte dibujada en los miles de esqueletos que decoran las calles, o el silenció que más le valía no inmutar, lo absorbían plácidamente. Así gastaba las horas previas a la ansiedad.
Y en ese deleite natural fue que lo encontró. Una maraña de cabello a través de lo que fuera una ventana en un automóvil, al menos eso creyó ver, pues de no haber hecho su intempestiva carrera seguramente lo hubiera pasado por alto, sus ojos captaban mejor el movimiento que los detalles, extrañaba sus viejos lentes. La carrera término en el “Oxxo” de la esquina, la mira telescópica delataba su ansiedad, observar con detalle su mochila con los tubos colgando de un costado y el temblor de sus manos al sostener la pequeña “9 mm” lo convirtió en la presa perfecta.

Pese a que la distancia era mayor debido a la altura, el rifle seguía siendo una excelente opción. Pero el disparo seguramente atraería más atención de la debida y no valía la pena delatar su posición por un enclenque del cual podría obtener escasos 3 litros.

La postura encorvada y el leve aunque perceptible temblor en sus piernas, observado a través de su mira lo terminaron de convencer. Seguramente llevaría más de una semana en abstinencia, a estas alturas estaría ciego a una trampa. Descolgó del hombro su mochila, de las bolsas laterales saco un pequeño cuadro de plástico y presiono el botón, la señal se replicó hasta llegar al sótano.

Dos sonidos corrieron velozmente los primeros metros de las cercanías, después se fueron desvaneciendo a la distancia, algo tan común hace 50 años significaba esperanza para aquellos que lo escuchaban hoy en día. Alguien escondía “algo” dentro de un vehículo y además lo protegía con la alarma. No podría haber alguien más idiota, la presa perfecta pensó después del momento aterrador que significaba no saberse solo, le vino una sonrisa que mantuvo aun cuando salió corriendo de la tienda de auto-servicio. La ansiedad le hizo olvidar mirar a ambos lados de la calle al cruzarla. Y no es que fuera esto importante, ya nadie conducía nada ahora, los vehículos se convirtieron en barricadas sin el poder ahora mágico del combustible, y a la escases del preciado químico, los animales los remplazaron por poco tiempo, solo sobrevivieron hasta que descubrieron dentro de ellos un químico aún más preciado. Así que ser embestido por una mole inmensa no era un problema, ser observado por otro cazador que se vio sorprendido por el mismo ruido sí representaba un grave problema.

El sótano era oscuro y silencioso, podría encender algo pero entonces se vería observado por su presa. No tenía idea que detrás de un leve resplandor verde ya estaba en la mira. La ansiedad lo hacía torpe. Su vitalidad producto de la satisfacción lo hacía letal. En cuclillas buscaba algo que su adicción le ordenaba encontrar. Desplazándose en absoluto silencio logro posarse detrás de él. Su mano temblaba mientras buscaba algo que nunca encontraría, un destello lo cegó para siempre. Después de disparar a escasos centímetros de su nuca, escucho la exclamación de sorpresa y los pasos vacilantes, giro el cuerpo inerte boca arriba, coloco un recipiente debajo de su cabeza destrozada, a mayor velocidad atravesó su corazón con una aguja, cuando la sangre comenzó a transitar por el tubo rumbo al contenedor en su mochila, él ya corría para atacar por el flanco a la nueva presa. El instinto tomo el control y obligo a sus piernas a salir de ahí, se quedó a 5 metros de la rampa de acceso, él la derribo sobre el piso y su vista se nublo.

Subía pesadamente las escaleras, el peso de la sangre no era el problema, las cavilaciones y redescubrir su humanidad lo atormentaba. El cuarto era anti-sonoro, le costó años conseguir el material necesario para dejarlo así, vertió los contenedores en uno mayor ya instalado y comenzó el proceso químico. La sangre comenzó a volverse negra, se comprimió y transmuto en combustible, bañando las celdas de la batería cada litro le daría una hora de energía.

La había violado, no pudo durar más de un par de minutos, en lugar de la calidez de un orgasmo se incendió por la furia. Después de asesinarla el remordimiento se empeñó en acompañarlo hasta ese cuarto, ¿tal vez podrían haber recomenzado? Luchar contra esta necesidad, vencer donde sus antepasados perecieron. Necesitaba dejar de pensar, la ansiedad volvía a él, levanto un pedazo de piel sintética para dejar al descubierto un puerto “USB4” en su brazo, lo conecto a su computadora y arranco el simulador sexual. Horas de placer incontrolable, estimulación en cada una de las terminaciones nerviosas del cuerpo, cada gota de sangre convertida en un mini-orgasmo. El razonamiento se nublo, el remordimiento desapareció, el cerebro estaba en éxtasis.

“Mientras pueda vivir esto, al diablo la humanidad” dijo antes sufrir su “muerte chiquita” virtual.

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